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La Aurora and her hat

La Aurora and her hat
La aurora y su sombrero Diarios de Pandemia
Foto: El Espectador

In Memoriam: A la tita.

Día 1: El mito de cuarentena

Hace ya muchos años que no me lanzo a compartir mis ideas, pero espero en esta oportunidad desempolvar mi computador y mi capacidad de soñar para tejer mi sentir. Cuarentena o cuaresma vienen de la misma raíz latina cuarenta; la una busca separación física, la otra busca trabajo interior para transformar nuestras debilidades, para acercarnos al Dios en nosotros mismos. Me pregunto si en medio de la cuarentena no podremos todos hacer un compromiso de vernos desnudos en nuestro confinamiento y, en vez de huir de nosotros atiborrándonos de distracciones, ruido y diatribas, cultivar el silencio que tanto miedo nos da. Podremos decidir si queremos dibujar a carboncillo el contorno de nuestras limitaciones, o si en acuarela nos atrevemos a transgredirlo todo y agregarle el color que nos nazca. Me resulta una oportunidad única para reflexionar, para regresar a nuestros dones, para agradecer, para perdonar, para buscar el retorno a la caverna.

En el seno de nuestros hogares podremos tomar la posición de hombres encadenados detrás de un muro, y tan sólo a la distancia ver las sombras proyectadas por objetos, o ser ese hombre que logra liberarse de sus cadenas y comienza a ascender en la caverna caminando hacia ese fuego enceguecedor. Como consecuencia de una decisión, sale de la caverna y observa directamente a los objetos, de los cuales solo veía sus sombras. La belleza del todo en todo se develó, la conoció, se conoció. Luego este hombre intenta regresar a la caverna a liberar a los otros prisioneros, y muchos prefieren quedarse.

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Que no seamos esos prisioneros que decidimos quedarnos encadenados cuando teníamos la posibilidad de ser libres. Nuestra libertad no está cegada por muros y adobes. Que tengamos la osadía de quien se libera y camina hacia la luz, aun en medio de la oscuridad y de las proyecciones aterradoras. Nuestro camino es salir de la cárcel de las imágenes que hemos construido de nosotros mismos y permitirnos componer una nueva melodía en la que nuestro ser florezca y se extasíe en plenitud. No hay cuarentena sin cuaresma. No hay cuaresma sin libertad. La cuarentena es un mito. Reescribámosla.

Día 2: Intento de Fuga

Mientras los presos de este país se amotinaban en las cárceles y se vivían momentos de angustia para ellos y para sus familiares, se oían gritos y se veían lágrimas, lágrimas de una mamá sin saber de su hijo hace 15 días, lágrimas que reivindican el perdón de una equivocación. La rabia hecha fuego se levantaba contra quienes ejercen el poder. Los “privados” de la libertad se enfurecían y de manera concertada enardecían su derecho, a costa de muertos, de sufrimiento, de renunciar al tiempo de la libertad. Parece paradójico todo: mientras ellos gritaban su dolor, todo un país —que vivía, guardadas las proporciones, un encierro por primera vez en su historia— lo observaba en sus casas. Sí, hoy estamos viviendo el aislamiento social que ellos viven, sin rejas ni guardias. ¿No merecemos todos una oportunidad de resarcimiento? ¿No será el momento de pensar en esos seres que, siendo culpables o no, merecen compasión? ¿La merecemos nosotros? ¿Será que hay dignidad en ese confinamiento? ¿Y en el nuestro? ¿Qué podemos hacer o aprender para hacer de nuestra cuarentena no un grito desesperado sino una oportunidad de reinventarnos? Si bien en la cárcel Modelo se debatían entre la vida y la muerte, aquí en un apartamento en Medellín, yo reflexionaba acerca de ponerse en los zapatos del otro. Mientras el himno nacional y el de Antioquia se elevaban grandilocuentes en los aires, y las personas con cacerolas aplaudían, pensaba que aún tenemos en nuestras manos la opción de aligerar la carga de nuestros amigos y enemigos, con una llamada, con un pensamiento, con un WhatsApp, con una transferencia, con una afirmación o con un silencio. Que no sea la furia de unos pocos que desconcentre el propósito de muchos, seamos amorosos y compasivos. El amor todo lo puede.

Día 3: Primera línea de defensa

Luego de declarar la emergencia carcelaria y de que el Gobierno Nacional emitiera un decreto reglamentario sobre el aislamiento preventivo obligatorio, se han suscitado rifirrafes entre los llamados entes territoriales y el gobierno nacional por el uso de los recursos pensionales de dichos entes, y la destinación que de ellos mismos se haría.

Por otro lado, en la rueda de prensa en la que se socializa el decreto se reitera a la opinión pública una y otra vez que la superación de esta contingencia se logrará si la sociedad se une, si dirime sus diferencias, y que está en nuestras manos enlazarlas para la prevención, contención y mitigación de los efectos de este virus en nuestra población.

Contradictorio es ver entonces a la alcaldesa lanza en ristre contra el presidente de la República por Twitter, cuando hace un par de días, en una rueda de prensa conjunta, enaltecía la coordinación con el Gobierno Nacional. O hablar de un distanciamiento mínimo de dos metros y ver a todos los ministros sentados en la rueda de prensa a menos de un metro de distancia. ¿Cómo es de difícil ser coherentes? Alguna vez, alguien me dijo que la coherencia era que dijera lo que hiciera y que hiciera lo que dijera, o más aún que fuera lo que dijera o dijera lo que fuera. Más allá de este trabalenguas, mi ser y mi hacer deben conjugarse de tal manera que sea y deje de ser, en cada acción, con atención y plena consciencia. En franca lid contra el ego, el “corona virus” que corroe nuestro espíritu. Este es el momento para que reflexionemos si somos coherentes con nuestro propósito, con nosotros mismos, con nuestros anhelos más profundos, con nuestros sueños. Si somos un instrumento que está afinado e interpreta majestuosamente la partitura divina, o si por el contrario somos autómatas atrapados por la distracción del mundo y por el ejército, que, como primera línea de defensa, nos aleja de la belleza y nos confina en el castillo del “Corona Virus”. Para la muestra, un botón: ayer me puse una meta en línea con mi propósito y me distraje viendo Netflix. Que no les pase a ustedes. El trabajo es permanente. Derribemos esa primera línea de defensa y seamos coherentes en todo momento. ¡Eso nos dará paz interior!

Día 4: Res Non Verba

Cuando era una niña, mi abuelo, con su remedio en mano, que era un whisky en las rocas cuya dosificación era exacta, me sentaba a hacerme un examen: si me sabía o no locuciones latinas. A mi abuelo le encantaba que un nieto o nieta transitara por esos caminos que él gustosamente anduvo en sus años mozos. Recuerdo que una tarde me dijo: “res non verba”, y yo respondí: “hechos, no palabras”; y luego me dijo “alea jacta est”, y yo le arrebaté la palabra para casi que empujarlo y responderle: “la suerte está echada”. En ese momento no lograba comprender que los sentidos de ambas locuciones eran opuestos, yo tan sólo pensaba: ¡Sí, lo logré! Y al mismo tiempo observaba la cara de satisfacción de mi abuelo... sabía que lo había hecho feliz! Si asumimos que “ya está girando en el aire la moneda”, como dice la canción de Jorge Drexler, y que no hay nada que hacer y todo está escrito, entonces ¿dónde queda nuestra voluntad, nuestro libre albedrío? ¿Y cómo se supone que vamos a cambiar? ¿Lo lograremos mirando las calles vacías desde nuestras ventanas? Debemos actuar en equilibrio, respondiendo a esa certeza que rompe el viento como una flecha y llega al objetivo. Acción y quietud, palabras y silencio. ¿Acaso no son ingredientes complementarios? Ayer veía en la televisión, y como siempre protagonistas antagónicos de esta historieta, por un lado, las calles abarrotadas por gente que le tienen más miedo al hambre que al letal virus, haciendo filas a la espera de un falso subsidio o mercado, y por otro lado, la historia de un sacerdote italiano que le dio su respirador a un hombre más joven. Los primeros decidieron cambiar su realidad pidiendo; el segundo dando su vida. Los primeros nos muestran cómo para ellos la suerte está echada y se sienten sin horizonte, atrapados en un sistema plagado de desigualdad; el segundo —aun viviendo en el mismo mundo— decidió morir para dar vida. ¿Queremos dejarle nuestra vida al destino o por el contrario queremos con nuestro ejemplo sembrar una semilla en el corazón del otro, una semilla de esperanza, una semilla de vida? ¡Querer es poder!

Día 5: El arte del tiempo

Ojalá comprendiéramos, de una vez por todas, que una vida lo vale todo. Me indigna ver toda suerte de medidas de gobiernos y presidentes que aprovechan estos momentos para asegurar la favorabilidad de la opinión pública. En Brasil y México, los presidentes tienen la certeza de que vencerán al virus y que la crisis no existirá para ellos. En México, por ejemplo, afirman que ésta se extenderá hasta octubre, y que ellos todo lo tendrán bajo control. Le he estado echando cabeza y deberíamos importar a uno de esos cuates adivinos para que le ayude a nuestro “duque” a acabar con las filas interminables en el Transmilenio de Soacha o a repartirle sustento a las personas que viven al día. ¿Qué opinan? Por otro lado, Trump afirma que la cura no puede ser peor que la enfermedad, y siendo hoy Estados Unidos uno de los países con mayor número de infectados. ¡Ya superan las 50,000 personas enfermas! El hombre preocupado por sus encuestas de Gallup ha permitido que el invisible virus galope y conquiste su territorio. Este misterioso caballero con corona ha atacado a los intocables que toda la vida han esperado una corona, como a Carlos de Inglaterra. ¡Que se ponga pálido Donald, que no lo vayan a confundir con el Pato Donald! Todos cometemos errores; solo espero que estos señores, que ostentan la responsabilidad de dirigir los hilos de un país, no se demoren en corregirlos. Somos tan obstinados, orgullosos y temerosos, que nos quedamos atollados en el barro de nuestras equivocaciones, y nuestra brújula cae en él. Nuestras acciones subsiguientes son desatinadas: en nuestra angustia, perdemos la orientación y simplemente las fichas de dominó caen una tras otra. A mí me pasó justamente ayer en mi tan anhelada clase de cello: Claudia, la profe, me dijo al estudiar el Minueto 3 de Bach que debía tocar 16 compases sin parar, aun equivocándome, y sin perder la concentración: “la música es un arte en el tiempo, el tiempo no para”. Lo intentamos muchas veces y no lograba hacer el final, y me dijo: “convéncete que eres capaz”, y por arte de magia, luego de una hora de batallar con mi propia mente que saboteaba mi esfuerzo, lo logramos. La vida es como la música: el tiempo no para. Errar es humano, como también lo es no quedarse atascado en ese lodazal al reconocer nuestros errores. Si tiras la toalla, se perdería el mundo de escuchar lo que tu ser tiene para decir. Aún en la adversidad, podrás continuar tu interpretación y sentir el valor de cada segundo vivido, de la música que te es y que emana de ti. No huyamos ni nos abatamos, todos somos capaces de derribar las murallas que nos hacen creer que no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hoy a qué te vas a atrever?

Día 6: Ctrl + Alt + Supr

Desde hace algunos días, vengo viendo videos en las redes sociales y entrevistas en la televisión a personas contagiadas. Muchas empiezan diciendo que no pretendían salir del anonimato, pero que el bienestar común primó sobre el “qué dirán” de la sociedad. Todas —sin excepción— se sienten culpables y con un miedo inconmensurable. Una sentencia de muerte firmada por un enemigo invisible. Algunos —porque les tocaba, otros porque no les importaba— se vieron confinados y marcados esta vez, no con una estrella amarilla, como en otrora los judíos fueron perseguidos, pero sí con una corona invisible. La Peste de Constantinopla en la época de Justiniano arrasó el 40% de su población; la Peste Negra minó la población de la península ibérica en un 65%; la Viruela diezmó la población del nuevo mundo en un 30%, el VIH, y las gripas en todos sus colores y sabores. Las pandemias son parte de la historia de la humanidad, como la muerte es la compañera inseparable de la vida. ¿Cómo puedo determinar cuándo el día deja de ser día para ser noche, y cuándo la noche deja de ser noche para ser día? ¿Acaso la circunferencia no es continua? La muerte —como decían algunos amigos enfermos terminales de cáncer— es el “momento único e irrepetible para renacer y transformarse a la eternidad”. No le temamos a la muerte; temamos a no vivir, a no amar, a no servir, a no ser lo mejor que podemos ser; temamos a tener asignaturas pendientes. Un diagnóstico transforma la vida de una persona. ¿Para bien o para mal? Está en manos de la persona. Para mí fue un gran regalo, un recorderis de la fugacidad y la eternidad, del propósito, de lo que realmente importa, y no las nimiedades en la que nos ocupamos. Hay enfermedades y enfermos, hay vivos que no quieren vivir, hay muertos que quisieran haber hecho las cosas diferentes. Detrás de cada diagnóstico hay una persona resignificando su existencia. La sensación es como cuando el computador se bloquea y hay que resetearlo: la pantalla se pone negra o blanca, luego empieza a cargar una nueva imagen y un nuevo sistema operativo. No juzguemos, ni pongamos etiquetas a las personas, que tengan o no una enfermedad, porque ni los hace villanos ni los hace enfermos. En cada uno de nosotros está el potencial para cambiarlo todo. La mejor manera de resumirlo es con una frase que estaba en el muro de un cuartel del ejército a la salida de Barranquilla hacia Puerto Colombia, que decía:”NO HAY COSAS IMPOSIBLES, HAY HOMBRES INCAPACES”.¡Celebremos la vida! Ps. ¡Feliz cumple, papi!

Día 7: Plegaria muda

Este mundo está viviendo cosas que eran inimaginables. El 25% de la población mundial está en sus casas, siendo la India el país con el mayor número de personas en cuarentena (1.3 billones). China y Estados Unidos, los archienemigos, reconocen que sólo unidos pueden vencer la letalidad de la situación. En este lado del mundo, Trump le exige a General Motors utilizar sus plantas cesantes para producir ventiladores. ¿Esta intervención no se les parece a la que haría Xi Jinping en China? Y para rematar, Estados Unidos ofrece 15 millones de dólares por la cabeza de Maduro, cuando ya llevaba 7 años en el poder, heredero de la posta de Chávez, quien a su vez duró 15 años como dictador. ¿Le tomó a Estados Unidos 22 años para cortar su dependencia económica del petróleo venezolano? Para terminar el recorrido, en Colombia, el Coronavirus hizo que milagrosamente el colapsado sistema de salud recibiera recursos; y que, por primera vez, Petro no contradijera a Duque, sino que lo apoye. ¡Plop! Todo se mueve, se altera y gira en direcciones inesperadas. Eso mismo pasa en la vida de cada uno de nosotros. Mahatma Gandhi decía:”Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo”, y eso hizo durante su vida, a tal punto que personificó su mensaje. No sólo tejió su dhoti, sino que también resistió todos los embates del statu quo. Un corazón como el de Gandhi nos debe inspirar en épocas como estas para tejer nuestro mensaje inequívoco de amor y de compasión. Seamos el cambio, y así encenderemos el fuego catalizador más potente que existe: el ejemplo. Aprendamos de Gandhi, que nos instaba que su arma mayor era su plegaria muda. Oremos.

Día 8: Oasis

EL SER UNO

Que nada me invada de fuera,

que sólo me escuche yo dentro.

Yo Dios

de mi pecho.

(Yo todo: poniente y aurora;

amor, amistad, vida y sueño.

Yo sólo

universo.)

Pasad no penséis en mi vida,

dejadme sumido y esbelto.

Yo uno

en mi centro.

Juan Ramón Jiménez

Yo me pregunto si mi centro será un universo con firmamento, soles, estrellas, mares insondables, flores de excelsa hermosura. Me pregunto si en él habrá estaciones, si en la primavera florece lo que ha sobrevivido del frío invernal, si el verano juega a hacer de ese mundo acogedor, para luego sentarse el pintor con su pincel a matizar de ocres, las copas de los árboles. Yo me pregunto si mi centro tendrá montañas y páramos, si la nieve cubre sus laderas con elegancia, si habrá un Monte Everest o si habrá un Mar Muerto.

No sé si en mi centro haya colibríes que, haciendo fintas, alegren al más taciturno escarabajo. Yo me pregunto si el aroma del café o de la flor del azahar o de la hierbabuena inciensan los hogares. Yo me pregunto si mi centro tendrá el privilegio de escuchar el éxtasis de la música, del canto del sinsonte al cortejar a su pareja, o la danza rítmica de los árboles al ser acariciados por el viento, su director de orquesta. Yo me pregunto si mi centro será regado y sosegado por la lluvia. Si la quietud lo invade luego de recibir el alimento. Yo me pregunto si el fuego con su crepitar edifica y transforma ese universo. Yo me pregunto si habrá muerte y vida; yo me pregunto si hay arriba o abajo, si hay puntos cardinales. Yo me pregunto si habrá una niña que busque la eternidad, que busque crecer consciente del orden perfecto de ese centro y su tejido divino, de la belleza inconmensurable de sus parajes, de sus ritmos, de sus silencios. Yo me pregunto si la sonrisa que acompaña los recuerdos lleva de la mano a esa mujer, a sembrar, a parirse, a cultivar, a navegar al centro de su centro.

Día 12: Crisol

¡Todo lo que ha pasado en 4 días! Nuestros amigos Trump y Bolsonaro se asustaron al ver la dimensión de su soberbia y ahora corren despavoridos. Cada uno busca esconderse en su consciencia; cuántas vidas se hubieran podido preservar con un poquito de humildad. Los casos en España, contrario a lo que se pensaba, siguen subiendo. En Italia se da un respiro. Rusia rompió su silencio. Continúan las muestras de heroísmo: esta vez, una mujer de 90 años entregó su respirador para que una persona más joven viviera. ¡Estas muestras de amor me dejan patidifusa! A los muertos no hay donde enterrarlos y a los vivos no hay cómo cuidarlos. Una conocida que vive en España contó que había perdido a 7 amigos en las últimas semanas. ¿Se imaginan perder a sus 7 mejores amigos de un solo tacazo? ¡Devastador! El juego de ajedrez de la geopolítica mundial está en su cenit. En nuestro país, ya estamos en fase de mitigación y seguimos viendo imágenes desgarradoras de personas, que viven en paga-diarios, desalojadas de sus abarrotados aposentos... López contrapunteando con el gobierno, diciendo que se encargue el gobierno de los venezolanos y que ella se encarga de los colombianos. ¿Acaso los hace menos humanos el pasaporte venezolano? Mientras, fuera de las paredes de nuestras casas hay que gente que está dando la batalla. El confinamiento de la cuarentena nos lleva a que nosotros, al interior de nuestros hogares —y al interior de nosotros mismos—, estemos dando otra batalla. Algunos vivimos este distanciamiento social obligatorio como lo dice el gobierno, solos en nuestras casas, y si somos considerados vulnerables, no podemos ni atisbar la cornisa. Otros tenemos el reto de compartir con esposos o esposas, abuelos, tíos o personas “especiales”, madres solteras, huérfanos, enfermos, etc. La realidad de cada uno de nosotros es diferente: para unos, el reto es la convivencia y la tolerancia; para otros, el reto es el de comprender que la soledad no es estar solo. Para muchos, las presiones económicas le ponen un ingrediente picoso a este cocktail, y hace que aumente la ansiedad y el mensaje recurrente de que hay que volver a empezar. La paciencia se vuelve el pan de cada día. Todos estamos creando nuevas rutinas. Todos estamos asumiendo nuevas responsabilidades. Los días empiezan a poner presión sobre nuestro cuerpo y sobre todo nuestra mente. Y es el momento que recordemos a personas que estuvieron por años privadas de la libertad y nunca perdieron el sentido. Mandela, habiendo estado 27 años en prisión, sin contacto alguno con sus familiares, con su humanidad, como él decía, logró transformar “la cárcel en un crisol en donde quemó la escoria”. Su sufrimiento identificó a un pueblo, y su perdón ejemplificó que la batalla puede cesar, aún sin armas. Mandela combatió la segregación, unió lo irreconciliable. Utilicemos estos momentos para quemar la escoria, que el rencor, la venganza, el juicio y la violencia salgan a escobazos de nuestros hogares. Que nuestros corazones conviertan el miedo en fortaleza. Reguemos nuestras plantas en casa e invoquemos que la vida se geste, y que su inexplicable hermosura todo lo llene. Que nuestra mente se vaya de vacaciones y no sabotee nuestro mandato. No estamos nunca solos. El tiempo es un gran regalo que nos da la vida. No lo desaprovechemos. Y no olvidemos jamás lo que dice Machado: “Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora”. ¡Ajá y entonces!

Día 14: La Palabra

“Yo Soy la Gran Palabra”, declara el faraón en los Textos de las Pirámides. El faraón, Dios en la tierra en el Antiguo Egipto, estaba convencido que podía dar vida a todo aquello hacia donde su intención y pensamiento se dirigiese. La palabra era mágica, era creadora. El Popol Vuh, libro sagrado de los Mayas, nos relata bellamente que al principio sólo había dioses en un estado latente sobre un mar inmóvil, y hubo palabras y decidieron crear al mundo, para que el ser humano pudiera existir. En este proceso, fallaron dos veces, y a la tercera vez decidieron crearnos de masa de maíz mezclada con la sangre de los dioses. De esta manera, los hombres eran uno con los dioses. La sangre de los hombres es el alma, y a la vez, el alma de los dioses. Es obvio volver a las palabras del Génesis: “en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Todo esto parece retórica desvinculada de nosotros, seres mortales, viviendo confinados en medio de una pandemia que amenaza a todo el mundo en pleno siglo XXI. Somos seres humanos, de carne y hueso, y padecemos por nuestra naturaleza terrenal. También somos seres que en nuestros cuerpos albergamos el espíritu de Dios. Nuestros pensamientos paren las palabras, y las palabras realidades. La palabra aún hoy tiene poder creador. Su magia aún persiste. ¿Qué estoy pensando en medio de este encierro? ¿Acaso estaré diciendo que estoy aburrido cuando en realidad lo estoy disfrutando, o acaso estaré quejándome de innumerables restricciones cuando tengo tanto por agradecer? ¿Serán mis palabras creadoras o destructoras? Escribamos guiones de nuestras realidades partiendo de la gratitud y de la consciencia de la potencial eternidad de nuestro espíritu, en contraposición con la fugacidad inexpugnable de nuestro cuerpo material. No olvidemos que el Verbo era Dios y que la sangre de los dioses se mezcló con la masa de maíz, para que vivamos como hombres en busca de ser dioses. Luchen por escribir un poema cuyo tema central sea el amar: amar al que no hace daño, amar nuestra vida y amar nuestras más retadoras circunstancias. Todas ellas nos permiten crear oportunidades si cantamos como lo hacía el coro místico al final de la octava sinfonía de Mahler:

“Todas las cosas son transitorias

son sólo parábolas

aquí la carencia

se tornará derroche

aquí lo indescriptible

se verá realizado;

el eterno femenino

nos llevará hacia el cielo.”

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Día 17: Catapultar

Esta cuarentena ha decantado lo que para muchos era obvio, pero que el sistema desenfrenado, y su degradación, ha perpetuado. Yo pienso que Colombia, con todos los problemas logísticos e innumerables complejidades, le ha puesto el pecho a los efectos del Covid. Creo que hemos sido ortodoxos en medio de estas circunstancias. En estos momentos, en que la humanidad se enfrenta a la muerte diaria de miles de personas, nos preguntamos quiénes son los verdaderos líderes: los que desinforman con la soberbia de ostentar la información, los que piden perdón por las medidas tomadas, los que deciden tener alocuciones diarias, o aquellos que reconocen el camino por venir y recurren a la fe y a la unión para seguir adelante. Para mí, líder es aquel ser humano que sortea sus debilidades y flaquezas, y que diariamente con sus actos amorosos nos inspira a aspirar. No será aquel que se vanaglorie con títulos universitarios, ni será un magnate con un emporio. Están a la vuelta de la esquina: puede ser un indigente que aún transido del hambre le entrega un bocado a otro, puede ser una prostituta, puede ser aquel que te ha ofendido. Ser líder no significa ser infalible; todo lo contrario, significa ser consciente de lo falible que se es y aprender de los raspones de las caídas. Un líder no necesita sentarse con su báculo y su corte. Son seres con nombre, pero en búsqueda del anonimato. Renuncian a ser visibles, pero encarnan en esa invisibilidad la bondad al servir. Puede ser una llamada de un líder que te haga soñar, que te haga levantarte temprano y trabajar por algo que parecía a toda vista imposible. ¿Qué tal sin nos volvemos catapultas? ¿Qué podremos lanzar al universo? ¿Una palabra, un verso, una ilustración, un sabor, un sonido al alba, una ola de silencios al atardecer? ¿Será que al derribar las murallas del enemigo de otro ser humano, le ayudamos a liberar ese castillo de innumerables moradas, cómo nos los describe Santa Teresa de Jesús? ¿Será que el resplandor de esa morada central nos invita a nosotros mismos a lanzarnos al aljibe de nuestro interior, y buscar el sosiego en medio del dulzor de sus aguas? Ahora en que el mundo está plagado de medios de comunicación, utilicémoslos para salirnos de la barahúnda a nuestro alrededor, para dirigir nuestra catapulta hacia el corazón de quien más lo necesite. Seamos líderes silenciosos y recordemos que “por nuestras obras nos conocerán” (Mateo 7).

Día 20: Botafumeiro

¡Camino de Santiago cómo coloreas cada instante de mi vida! Es hermoso darse cuenta de que lo que más nos cuesta lo atesoramos en un lugar privilegiado de nuestros corazones. Las peregrinaciones más empinadas se vuelven indelebles: los dolores, los retos que vivimos, las imágenes de nosotros mismos que destruimos; los seres que rompieron su silencio para aleccionarnos, la determinación con la que afrontamos cada paso; las lágrimas, las decisiones, la admiración por ese alguien que nos insta a no tirar la toalla, el percibir el olor del logro hecho incienso o tal vez hecho ser. En definitiva, esas peregrinaciones que hace cada uno en su búsqueda personal, en busca de sus sueños, o quizá esas peregrinaciones que la vida no nos da opción sino de asumirlas, nos acompañan en cada camino que decidamos emprender. Habrá algunos que subirán las Dolomitas en bicicleta, otros harán un Iron Man, otros tocarán el Cello. En realidad, lo que hagamos en sí no importa. Es lo que hagamos de sí en medio de la experiencia. Cómo esas metas, que al principio suenan impensables, empiezan a materializarse desde que pensamos que se pueden lograr. Ese es el verdadero punto de partida de cualquier camino. Las ampollas, los callos, las caídas, las frustraciones nos invitan a vencer obstáculos, algunos físicos y otros mentales. Las grandes hazañas se construyen de innumerables pasos, y el paso más constante es el de transgredir los límites. El ego y su ilusión nos invitan, más temprano que tarde, a pensar que hemos llegado a nuestro máximo nivel de incapacidad. La ilusión de que no puedo hacer una extensión con mi mano izquierda al tocar Cello sólo está en mi cabeza, y si la subrayo y le pongo negritas, ésta se afianza y me hace creer que no lo lograré, que más me valdría dedicarme a escuchar Spotify. Si por el contrario, respiro y confío y, sobre todo, me empujo a pensar diferente, con seguridad algún día sentiré lo que es tocar Jesus Joy of Man de Bach, y mis lágrimas se escurrirán de felicidad. La perseverancia y la disciplina arremeten contra la inercia. Hacen que nos paremos a entrenar o a practicar, aun cuando no se tienen ganas. El poder del pensamiento se traduce en pasos. Para mí, la imagen de mi llegada a Santiago, y el pensar qué se sentiría lograr completar esa insensatez, mantenía mi motor encendido. Sin embargo, para mí, cada etapa y su celebración era una llegada a Santiago. Me acercaba y me motivaba. A pesar de estar encerrados en nuestras casas, somos libres de dar pasos en los caminos que decidamos completar. Nunca es tarde para dar el primer paso, ya que el camino es el proceso y lo que implica cada paso más allá de la meta. Tal vez decidamos hacer una osadía y en medio del proceso el camino se bifurca, sin flechas ni señales. Confiar es nuestro mandato. No importa si tomamos la partida a la derecha o a la izquierda. Llegaremos a cumplir nuestros sueños si así está escrito. Aprenderemos. Yo soñé con el Botafumeiro de la catedral de Santiago de Compostela y lloré al verlo. Hoy sueño con algún día tocar el Cello y ya me están naciendo callos. ¿Qué te sueñas? Imagínate qué sentirías al hacerlo realidad. ¿Ya lo pensaste? ¡Ya diste el primer paso! Manos a la obra, no hay tiempo que perder. ¡Siente el aroma del Botafumeiro, y algún día llorarás de felicidad, y yo contigo!

Día 23: Amalgama

La lluvia tiene el maravilloso efecto de dejar el ambiente en una quietud sobrecogedora. Luego de truenos y relámpagos, o de una llovizna refrescante, su mano colorea la naturaleza con vívidas tonalidades, en contraposición con los grises que matizaban el preludio del espectáculo. Durante la expresión de las nubes, los animales se resguardan del chaparrón. Esperan que cese cuanto antes el concierto hecho agua. Las plantas sedientas, por su parte, cantan himnos de agradecimiento que se unen al concierto de las nubes. Sus cantos alegran y anegan los surcos. Su felicidad, el sustento de su vida, es provisto sin ser esperado. Y la felicidad de esa plantita que crece en el huerto, se convierte en felicidad para el gusano que busca el aposento para su gran nacimiento con alas. También la vida de esa plantita es la vida de la abeja que, atraída por su olor, lleva vida hecha polen a su colmena. Y aunque no lo crean, la vida de esa plantita, de esa mariposa, de esa colmena, es vida para nuestra vida. Porque, así como la lluvia le regaló la vida, así ellos palpitan y se entregan para nuestro bienestar. Podríamos pensar que somos una amalgama, así como todos los seres de este universo. Somos un poquito lluvia, un poquito planta, un poquito mariposa, un poquito miel, un poquito abeja. Cada uno de ellos aporta para nuestra vida; y nosotros, ¿cómo aportamos a sus existencias? Somos un nodo dentro de una red de millones de nodos. Somos insignificantes, pero a la vez protagonistas de esta obra de teatro, donde cada personaje induce un diálogo con otro, que a su vez ignora cómo esas palabras lo transforman. Somos causa y efecto. En la perfecta y armoniosa conformación del universo, somos tan pequeños desde la perspectiva de una estrella y somos unos gigantes para la laboriosa hormiga. La geometría de nuestras interacciones se desenfoca con las percepciones de nuestras orgullosas mentes. ¿Por quién me estoy entregando como lo hace la lluvia por la planta, o la planta por el gusano? ¿Hacia dónde estoy dirigiendo mis energías, a construir o a destruir? ¿Será que la ilusión nubla mi vista sobre mi relación con las demás personas o demás seres existiendo en este planeta? ¿Será que me creo un Dios cuando no entiendo la sucesión de hechos ni de relaciones en mi vida? En medio de la consternación que estamos viviendo, al ver seres sufriendo por la enfermedad, por el hambre, por la soledad, por el cansancio o por la angustia, me pregunto: ¿cómo me ofrendo para que otro ser, que nos acompaña en este paso fugaz por la tierra, tenga cómo acallar esas necesidades imperiosas de la naturaleza humana? ¿Cómo puedo dirigir mis actos, para que el efecto de estos serene el callejón sin salida en que se encuentra el otro? ¡Seamos lluvia para esas plantas que hoy, en medio de la sequía, no sienten ninguna esperanza! Compartamos la felicidad de un sustento sin ser esperado, de una vida que se vive para dar vida.

Día 27: Espejismo

Como sociedades, respondemos a unos estándares de comportamiento y a unas exigencias autoimpuestas derivadas de las condiciones históricas, del sistema económico y político en el que vivamos, de la religión en que nazcamos, o simplemente del canon de creencias sobre los que construyamos nuestro día a día. Las noticias recientes nos muestran cómo los resultados de las medidas adoptadas por los diferentes países empiezan a caracterizarlos. Estados Unidos está hecho un despelote, mientras una Alemania ya abre de nuevo su economía a una “nueva normalidad”, una Italia y España siguen debatiéndose en quién debe vivir, jugando a ser San Pedro, mientras Corea del Sur o Japón vuelan por instrumentos. Esta no es la historia de vencedores ni de vencidos. ¿Qué diferencia a estos países? ¿Será la obediencia de su población o la oportunidad de las medidas de salud pública? ¿Será la composición de edad de la población? ¿Será que el virus le gustaron más los monos oji azules o los genes italianos? En realidad, no es el momento de hacer bochornosos espectáculos de rabieta infantil, como lo hizo Trump retirando el fondeo la Organización Mundial de la Salud. Es el momento para dejar los nacionalismos y orgullos; el virus no es Hitler, no tiene preferencia. Al mismo tiempo que la negligencia del sistema por ser equitativo se hace evidente, me tomé un rato para ver una serie que se llama “Unorthodox” en Netflix. Son cuatro capítulos que muestran la vida de una mujer judía jasídica que busca encontrar su identidad, y liberarse al mismo tiempo del yugo de ser madre de muchos y súbdita de su marido y sus costumbres. Escapa de su vida en Nueva York y deja todo atrás para ir a Berlín, el lugar que lleva el peso histórico de su desvarío. Allí busca sin cesar una oportunidad para expresarse. Hay una escena que para mí es conmovedora, y es en la que ella canta para una audición en un conservatorio: canta en yidish, canta a pesar de que para las mujeres hasidistas cantar está prohibido, canta y se despoja de sus negras vestimentas y velos, canta aferrándose a su origen, canta con una fuerza incontenible, canta para ser música, canta por ser y dejar de ser. En lo personal, me impactó porque creo que todos en estos momentos debemos tener la osadía que tuvo esta chica, que rompió con su pasado para buscar una forma alternativa de vivir, ya no siendo lo que era, pero edificando sobre lo vivido para narrar una nuevo capítulo de la historieta. Volviendo a las locuciones latinas: “homo homini lupus”, el hombre es lobo para el hombre. ¿Cómo dejamos de ser esos lobos con nosotros mismos y por el contrario nos convertimos en el hortelano de ese jardín desconocido para el otro? Sacudámonos de tanta carga innecesaria que llevamos a cuestas y caminemos en la playa viendo al insondable mar. Escuchemos su cadencia, exaltemos su viaje, mi viaje, su belleza, mi belleza.

“Reivindico el espejismo

de intentar ser uno mismo,

ese viaje hacia la nada

que consiste en la certeza

de encontrar en tu mirada

la belleza.”

Luis Eduardo Aute

Día 30: ¿Y quién podrá ayudarme?

El exceso de poltrona hace que la cuarentena empiece a cobrarme su precio. Pilates y rumba se alternan con largos ciclos de lectura o en el computador. De pronto, de un momento a otro, la rodilla empezó a dolerme. ¡Lola, la rodilla que decidí nombrar después del trauma hace unos años, no dolía! ¡Era la otra! ¡No puede ser! Frío y calor. ¿Y quién podrá ayudarme? Pues en medio de la cuarentena: el Chapulín Colorado. Nada que hacer. Lo único que me puede mejorar, pensé, es estirar y ser consciente de mis posturas para ver dónde se originaba el dolor. Pues patidifusa quedé cuando, en este ejercicio, me di cuenta de que mis posturas inadecuadas a la hora de sentarme me habían generado un dolor en la parte lumbar que se irradiaba a la rodilla. ¡Plop! ¿Y quién podrá ayudarme? Pues en medio de la cuarentena: el Chapulín Colorado. Nada que hacer. Pues señores y señoras, después de intentar comunicarme con el Chapulín, a las líneas que tiene publicadas para la atención al público, me tocó conformarme con que iba a ser imposible comunicarme con él, ya que, en estas épocas, las líneas telefónicas se mantienen colapsadas. ¿Y quién podrá ayudarme? El movimiento es la clave, recordé. No los movimientos políticos ni sociales. No los movimientos de las aguas, ni los movimientos de la bóveda celeste. Es el movimiento de mis cuerpos. Te chiflaste, me dirán ustedes. ¿Por qué hablo de cuerpos? Sí, yo creo que tenemos muchos cuerpos y que tenemos que cuidarlos. Mi cuerpo mental se une con mi cuerpo físico, mi cuerpo físico incide en mi cuerpo mental, mi mente es un instrumento de mi espíritu, y mi espíritu es el incienso que perfuma mi cuerpo y mi mente. Tiene que darse un momentum para que se geste un cambio de un estado a otro. En este día cavilé y llegué a la conclusión de que debemos ser responsables, en cualquier circunstancia, de darle alimento a cada cuerpo. Si el alimento de mi mente es un Sudoku o una clase de historia, no la debo interrumpir. Si mi cuerpo me está gritando: ¡muévete!, pues más vale que lo hagas, porque si no te hará pataleta, como me lo hizo a mí. Si tu espíritu se eleva con la música sacra o en una meditación o en una oración o simplemente viendo el mar, pues no dejemos de buscar un momento al día para asomarnos al balcón, o poner la música que tanto nos eleva. ¿No creen ustedes que, en vez de atiborrarnos de noticias e información innecesaria, es mejor que busquemos cada día cuidar nuestra mente, nuestro cuerpo y sobre todo nuestro espíritu? El movimiento es nuestro aliado. En nuestro confinamiento, retemos el límite de las cuatro paredes y movámonos más que antes, porque nuestra alma siempre nos está invitando a caminar, nuestra mente a imaginar y nuestro cuerpo a navegar. El poder está en darnos cuenta de que podemos asumir de manera autónoma, amorosa y compasiva todas nuestras acciones hacia aquello que aspiramos. ¡El movimiento empieza con la quietud!

Día 33: Pedido a domicilio

Si tuvieran un domiciliario galáctico que les trajera algo del mundo fuera de sus hogares, ¿qué sería? ¡Tienen una sola cosa! Nota: olvídense del tamaño, todo está permitido. Les daré uno que otro ejemplo para ilustrar mejor la pregunta. Yo traería un abrazo de un amigo, el olor de la hierba mojada, la risotada de un niño; yo traería a toda mi familia, el paisaje del portal del cielo, lo salado del mar, el sublime sonido de Bach en St. Martins of the Fields; yo traería la aurora o un encuentro o tal vez el asombro, y la gratitud por la magnificencia de todo ese conjunto. ¡Anímense! ¿El sol, las estrellas, la nieve, jirafas, leones, serpientes... palabras, escaparates, escafandras? ¿El dolor, la rabia, el perdón? Alguien me dijo hace mucho que recordar significa volver a traer al corazón. Nuestro disco duro tiene una capacidad de almacenamiento ilimitada, en él están guardados muchos instantes remotos o recientes. Los podemos etiquetar como queramos, allí residen, y una parte de nosotros se tejió con ese presente ya pasado. Con frecuencia, hablo de mi otra vida, porque vivimos una sucesión de vidas en nuestra existencia. Recordar hace vivir. Apuesto que cuando pensaron en qué pedirían a domicilio, sintieron eso que genera en ustedes lo que traerían. Yo fui al portal del cielo y a St. Martins of the Fields. Me vi en ambos casos sentada, absorta. ¿Ustedes que sintieron? Recordemos, para liberar las ataduras del pasado. Recordemos, para lanzarnos en parapente cuando le tengamos pánico a las alturas. Recordemos, para sentir qué te hubiera dicho ese ser querido que ya no está. Recordemos, para luchar por un camino con sentido. Recordemos, para comprender nuestra pequeñez y nuestra grandeza. Recordemos, para empalagarnos con cada segundo. Recordemos, para qué estamos aprendiendo nuestras lecciones. Recordemos, para entregar cada parte de nosotros al otro y a su sufrimiento. ¿Hemos hecho algo para calmar el hambre de alguien en medio de esta cuarentena? En este ejercicio de volver a pasar por el corazón una y otra vez, romperemos las limitaciones de tiempo y espacio y deambularemos fortalecidos en la humildad. Recordar nos da la llave para fundir el presente con nuestra imaginación. Les voy a hacer una confesión…yo no traería nada de afuera…recordaría que todo eso está dentro de mí, recordaría que tengo una oportunidad única de quitarme los perendengues que me sobran y vestir la túnica de la aceptación, de la incasable búsqueda por acercarme a mí misma, por alejarme de mí misma, por entregarme a la voluntad de aquel que, no siendo yo, soy yo. Recordaría amarme, amarte, amarlo, amarla. PS. ¡El domicilio es gratis!

Día 38: ¿Adivinos?

¡Cómo ha venido cambiando la experiencia de este confinamiento! Cada vez veo menos noticias. Me aburre ver los refritos y los rellenos que los noticieros colombianos escogen. Me preocupa que nuestras energías como población no están siendo dirigidas hacia las personas con más necesidades: a salvar vidas, a calmar el hambre, a sosegar la angustia que se deriva de la incertidumbre. También les hago una infidencia: como ya se los había comentado, no me aguanto la negligencia de los presidentes de las naciones “más poderosas”. ¡Ya sabrán de quién estoy hablando! ¡Hasta Barbra Streisand le escribió una canción diciendo “NO me mientas”! Me parece increíble que, en pleno siglo XXI, un dirigente haga aseveraciones públicas irresponsables, diciéndole a su grupo de científicos que prueben con la ingestión de desinfectantes en humanos. Respuesta: ¡más de 100 personas en Estados Unidos lo hicieron! Y ahí no para la cosa. Después viene una diatriba de acusaciones para defenderse y desmentirse. Es un circo por todos lados. ¡En Colombia seguimos en las mismas! ¡Nuestro circo no se parece al Circo del Sol, sino, más bien, al Circo de los Hermanos Gasca! En el ámbito personal, he de decirles que dejé de pensar en la fecha de mi libertad condicional. El sentir que no tiene fecha la sentencia hizo que tomara decisiones sobre como abordaré mi estancia intramuros. Ya entiendo por qué en las películas los presos siempre dentro de las celdas andan haciendo sentadillas y planchas. Así ando yo, cual reo, tratando de mover el esqueleto y mantener mi mente activa. Tengo a mi gato enloquecido...ya no puede hacer sus consabidas siestas. Estos días de confinamiento, me he puesto a pensar que tal vez todos nosotros somos malos predictores del futuro. Creemos tener claridad en la duración e intensidad de lo que está por venir. Creemos tener la varita mágica para saber cómo el futuro nos hará más o menos felices. Es más, creo que nuestras expectativas frente a sucesos negativos futuros son más exageradas que la realidad misma. Tal vez, mi experiencia reciente me lleve a pensar esto. Un diagnóstico de una enfermedad crónica parecería ser la llave para una infelicidad perpetua, porque para muchos es una sentencia de muerte. Para mí no lo ha sido; luego del tsunami inicial, ese diagnóstico ha venido con el pan debajo del brazo. Entonces, ¿hoy soy más infeliz que lo que pensé ser ante un posible diagnóstico de tal calado? La respuesta es no. Creo que todos nos adaptamos a las nuevas realidades sin darnos cuenta, y sin darnos cuenta de la capacidad que tenemos para llevar a cabo esa adaptación. Tenemos una red de personas que nos soportan, con una llamada, con un abrazo, con una oración. La naturaleza y su invitación a renacer; el agua y su elogio al fluir y a limpiar; el sol y su caricia amorosa; el fuego y su fuerza a trasmutar; y nuestra mente y su capacidad de pensar e imaginar. ¡Qué perfección de diseño! Cada día las historias que nos rodean son más y más tristes. No invirtamos nuestro tiempo anticipando qué será mañana. Si tendré trabajo o no, si tendré plata o no, si estaré gorda o no, si mi vida será aburridora porque no podré ir al bar, al gimnasio, al estadio o al concierto. Si no podré ir a la finca o a la misa. No podemos permitir darle rienda suelta al que pasa sí. Nuestra felicidad no depende de si tenemos dinero o no, de si sacamos buenas notas, de si tenemos un cuerpo despampanante, de si encontramos a la media naranja. ¿En qué radica tu felicidad? A mí me hace feliz agradecerle a Dios cada día por mi vida, hacer un acto bondadoso sin que el otro lo espere, hacer reír... a mí me hace feliz relacionar el acto más simple de la vida con aquello que aspiro. A mí me hace feliz descubrir el amor de Dios en medio de la adversidad. Abre el escaparate de tu corazón y busca sin cesar eso que le da sentido a tu vida. Ponte la meta de cada día hacer algo de esa lista y verás cómo el futuro se desvanece y el presente resplandece. Somos divinos, no adivinos.

Día 42: Semillas

La aurora y su sombrero

Ojalá cantáramos de júbilo como hace el gallo al amanecer, o como los pajaritos que se preparan para su sesión de estudio: están listos para surcar nuevos aires de conocimiento y de experiencia. El sol trabaja incansable para calentarnos y para demostrarnos que la sombra, su opuesto, existe. Las nubes esculpen sus formas para desafiar al más incrédulo. Y nosotros aun así no los saboreamos, no apreciamos ni sus fintas, ni su calor, ni su verso, ni su colorido. No agradecemos su utilidad. Ayer salí al balcón de mi casa y sentí el sol calentar mis brazos, sentí cómo me hacía falta apreciar su caricia. Ante ese encuentro, mis brazos se erizaron y suspiré. También me asomé a una de las ventanas de la casa e inspiré profundamente, y sentí la frescura del aire, su aroma, su libertad encontrándose con la mía. Cómo ese aire vestido de libre albedrío bailó alrededor de la flor de azahar y del jazmín de noche para engalanarse y regalarme por un instante la gala de su encuentro. En medio de la cuarentena, toda mi atención se ha dirigido a las plantas que tengo en la casa. Ha sido el proceso de aprenderlas a conocer: saber cuánta agua quieren, si el lugar les gusta o no, si requieren poda. Todos los días me levanto a verlas, a ver cómo su magia se transforma en nuevas flores, en nuevos retoños. Es el presenciar del continuo poder creador de lo que nos rodea, es una explosión de ternura desenvolviéndose ante nuestros ojos. Una semilla de mandarina es hoy una hojita minúscula sostenida por un tallo delgado que se eleva aspirando la luz que le da vida. Nuestro interior deambula buscando sosiego, buscando un lugar donde seamos plenos, sin imágenes, donde ese poder transformador que todos los seres de la naturaleza tienen —tenemos— se manifieste. Esta semana, al ver nacer esa pequeña plantita e imaginar el tránsito en su interior para dejar de ser semilla y explotar en vida que gesta vida, pensé cuánto esfuerzo hay de por medio, cuántas situaciones adversas encontró esa semilla: la tierra podría no haber tenido el contenido nutricional adecuado ni la humedad. Ella luchó, en silencio, debajo de la tierra donde nadie la veía, sumida en su oscuridad aspiraba a emerger sin ser notada. Tanta grandeza revestida con tanta humildad. ¿Qué semilla se aposenta en tu interior y está dando ese tránsito hasta lograr abrir la puerta? ¿Es esa semilla ya historia, y hoy es una planta que se regocija con cada nuevo día y expone su dulzura para el deleite del colibrí o la abeja? En este confinamiento, ¿la estás cuidando? ¿Les estás hablando? ¿Te la imaginas dando frutos? Hoy hago un llamado a que nos detengamos por un segundo al interior de nuestros hogares, al interior de nuestros corazones, para que reverenciemos la vida que nos habita, su misterio, su sabiduría, su fugacidad. El baile imperceptible siempre está teniendo lugar. Podemos decidir arrodillarnos en agradecimiento por su tenacidad y valentía, o podemos cegar nuestros ojos o anestesiar nuestros sentidos, para alejarnos de rozar la cadencia del amor, de su abrazo, de su inconfundible plenitud. Veneremos esas grandes proezas que no traen títulos ni dinero, sino que nos acercan a nuestro origen, a nuestro destino, a nuestra capacidad de ser y dejar de ser semillas. Luchemos como esa semilla de mandarina, sumida en la oscuridad, por emerger a la luz, sin ser notada.

Día 44: Un repaso

Todos hemos escuchado el nuevo término que ha acuñado esta pandemia: la “nueva normalidad”. ¡Humanidad sin memoria! Nos enseñaron en el colegio que Heráclito decía que nadie se puede bañar en el mismo río dos veces, ya que la segunda vez que nos bañáramos sus aguas serían diferentes. Para Heráclito, el cambio era lo único real: nadie ni nada se escapa de él, todo es y no es; lo que existe es nuestro devenir. Para seguir desempolvando los recuerdos escolares, Parménides afirmó que el movimiento no existía porque no era racional. Su discípulo Zenón trató a toda costa de probar de forma racional, no libre de contradicciones, que el movimiento era una imposibilidad. Señores, en pleno siglo XXI seguimos en los debates existenciales de la antigüedad. No sé si ustedes creen que Heráclito se llevó en banda a Parménides, o si creen, por el contrario, que las pruebas de Zenón hicieron añicos a Heráclito. ¿Puede haber una nueva normalidad cuando, si miramos bajo la lupa de Heráclito, todo está en permanente cambio? ¿Cómo debo entender la palabra “normalidad”, como inercia, como un devenir inconsciente? San Isidoro de Sevilla (s. VI) de forma magistral nos invita a pensar en la diferencia entre andar y caminar. El santo define andar como desplazarse a pie, y define caminar como ese andar que dirige a un lugar. Quien anda no llega a ningún sitio; quien camina aun andando llega a ese anhelado paraje. Creo que en el peregrinaje de la vida olvidamos el lugar hacia donde se dirige nuestro andar, y por ende creemos que la normalidad es un devenir sin sentido. Estos últimos acontecimientos nos hacen ver que estamos en un laberinto sin salida. Creo que no podemos olvidar que una vez en el laberinto, dependiendo de su construcción, llegaremos al centro por uno o varios caminos. El punto está en dar el primer paso, tomar la decisión de ingresar en él y luego dejarse llevar por el camino, siempre recordando ese lugar. Como soberbios que somos, aparentamos tener la verdad absoluta. ¡Cuánta falsedad! El punto de partida, las vías de acceso y el centro, su punto final, hacen parte del mismo laberinto. Conócete a ti mismo. Si no, ¿por qué creen ustedes que esta inscripción adorna el Templo de Apolo en Delfos? No podemos pensar en una nueva o vieja normalidad. El movimiento no depende solo de nosotros los seres humanos. Tenemos que reconocer la geometría perfecta del tiempo, de los hechos, de la existencia de un Ser Supremo. No perdamos el tiempo buscando la explicación racional a todos los hechos, ni nos volvamos víctimas del destino. Hagamos de este peregrinaje un caminar, no un andar. Las señales del camino están por fuera de nuestro control, la consciencia de cómo decidamos dar el siguiente paso puede transformar el sentido completo de nuestro movimiento. No nos quedemos inmóviles. Disfrutemos las aguas en que nos zambullimos, y exprimamos de aprendizajes y conocimiento cada segundo que vivimos. ¡Anima-te!

Día 48: Pac man

Ya oímos las noticias en Colombia, de la extensión de la cuarentena para todo el mundo, excepto las personas que trabajen en sectores específicos de la economía. Los exceptuados son 15 millones de personas. Permítanme la digresión de alguien que en otra vida fue economista. En un país de casi 49.3 millones de habitantes (cifras publicadas por el DANE a marzo 2020), el 80.6% de la población está en edad de trabajar, es decir 39.7 millones de personas, de ese número cerca de 59.2% se considera la población económicamente activa (PEA). Eso quiere decir que la PEA está alrededor de 23.5 millones de personas y representa al 47.7% de la población total. Si hablamos de que 15 millones de personas son las exceptuadas para trabajar, esta cifra representa a ojo de buen cubero al 64% de la PEA y al 38% de las personas en edad de trabajar. En un escenario, en que los expertos dicen que el virus está para quedarse, ¿verdaderamente estamos pensando en las personas o más bien estamos apostando a la sostenibilidad económica del sistema? Me indigna ver que los dirigentes solo buscan de manera paliativa encaminar donaciones a las familias más vulnerables. Con lo cual no estoy en desacuerdo, “porque tuve hambre y no me diste de comer”. Sin embargo, esta pandemia ha demostrado que las bases sobre las cuales se ha edificado el sistema económico son endebles, y se olvidaron por completo de que quienes vivimos en él somos seres humanos de carne y hueso. El dinero, y todo su sistema, deshumaniza y tergiversa las decisiones de los dirigentes y de las empresas. Ayer, casualmente, me llamaron de la aseguradora donde registré una reclamación a mi seguro de vida por enfermedad grave a decirme que no cumplía una de las condiciones, que en términos simples era que necesitaba estar tullida, y me dijo el médico que realizó el análisis que no me preocupara, que es una decisión temporal, que cuando tenga el nivel de discapacidad requerido regrese para cobrar la indemnización. ¡En serio! Cómo es posible que le digamos a nuestro interlocutor: “enférmate, cuando ya estés discapacitado regresa que te damos la plata”. ¡Nos olvidamos de lo fundamental! El gobierno, en busca de “reactivar” la economía, le da carne de cañón al virus. Las aseguradoras, en busca de maximizar sus recursos, te venden una cosa y luego en los anexos plagan de condicionamientos para no pagarte, y luego te dicen “discapacítate y después hablamos”. El ojo del observador lo cambia todo. ¿Alguno de ustedes ha oído una sinfonía tocada por una orquesta en vivo y en directo? Para el espectador es una oportunidad de sentir la divinidad vestida de sonidos. ¿Alguno de ustedes se ha imaginado lo que los músicos sienten sentados en el escenario, se han imaginado la presión que sienten porque no pueden equivocarse? ¿Se asomarán a lo sublime o tan sólo serán instrumentos de sus instrumentos, serán presos del sistema donde para sobrevivir debo descollar a toda costa? Hasta las actividades más sagradas, como son las artes, las enloda el ansia de poder. Me preocupan las muertes que han de venir, me duele que olvidemos que este paso temporal en este mundo tiene un objetivo fundamental, que dista diametralmente del objetivos de hacer plata y darle gusto a nuestros sentidos. Vivimos como prisioneros con esposas y grilletes, y nuestro carcelero es el buen dinero, como dice la canción. Les reitero que hagamos un pare en esta cuarentena y seamos conscientes de que, a pesar de vivir en este sistema desenfocado, está en nuestras manos, o más bien en nuestras mentes, la capacidad de discernir y de escoger si quiero ser el músico que tiene esa experiencia mística al interpretar una pieza, o si decido renunciar a mí mismo para convertirme en un pac man en busca de poder, dinero y fama. Seamos instrumentos de nuestro espíritu, y en cada acción que hagamos en este mundo ejecutemos la obra no sólo con maestría técnica, sino que abramos nuestro corazón para que seamos un puente de amor. Que esa música que sale de nuestras manos sea alimento e invitación para no olvidar, que lo “esencial es invisible a los ojos”.

Día 54: La algarabía

Mientras algunos pueden salir a caminar a las 5:00 a.m., otros se levantan a ganarse el pan de cada día. Este no es mi caso. No sé cómo han vivido ustedes esta supuesta reactivación, pero cerca de mi casa el ruido ha aumentado gracias a la construcción de un edificio a una cuadra del apartamento. Se escuchan a medianoche los ruidos de sirenas, los gritos de los trabajadores; es una algarabía frenética. Durante el día es otro cantar, literalmente: han incrementado las personas que vienen vendiendo aguacates y otras verduras, con lo que no tengo ningún problema. Pero me llamó la atención antier: tres venezolanos con micrófonos, diciendo que su arrendador les había quitado los papeles porque no habían podido pagar el arriendo, por lo tanto no podían trabajar. Gritaban que les dieran lentejas o arroz para sus hijos, que no les quedaba otra alternativa. He de decirles que pensé varias cosas no muy papistas. La primera, es que vale más el micrófono que la libra de arroz o lentejas. ¿Será que la nueva extorsión es la manipulación de nuestra compasión? La segunda, es que cuestioné el criterio de selección de las cuadras a donde exponen su tragedia, me parece que son actos intencionados y premeditados. La tercera, me parece que so pena de una supuesta humillación te manipulan para que te dé pesar. La cuarta, es ¡cállenlos!, pensé. Me acordé de la banda de venezolanos que recorre las calles de Barranquilla, con las mismas canciones, en busca de billete. ¡El mismo sonsonete desafinado día tras día! Cambiando de tema, les cuento que la reactivación ha tenido como efecto la presencia de otro tipo de ruidos en la comarca: ayer escuché un hombre gritándole una sarta de vulgaridades a alguien en su hogar; supone uno que es su mujer, por el contexto. De los balcones todos asomados, aterrados ante un espectáculo tan soez y a la vez tan indignante. ¿En serio, golpes? Para mí, desde mi balcón, sin haber salido a la calle en más de dos meses, es muy evidente cómo dejamos de respetar al otro, gritándole vulgaridades, irrumpiendo su tranquilidad con gritos heridos de piedad disfrazada de chantaje, o al construir un edificio en la noche cuando las demás personas duermen, sin importar su descanso. Algunos podrían pensar que nos está dando a las poblaciones vulnerables el “Síndrome de la Cabaña”, es decir, que nos da mucho miedo salir a la calle después de haber estado en casa, sanos y salvos. Yo no soy sicóloga para decirlo. Pero la verdad es que yo sí siento aprehensión en salir cuando nada más la semana pasada bajé a la portería a que me pusieran la droga y encontré a dos personas sin tapabocas. No lo podía creer. ¡Somos tan egoístas! Cómo olvidamos de fácil nuestra regla de oro. No hacer al otro lo que no quieran que te hagan a ti. La primera versión de esta regla está en un texto egipcio llamado Historia del Campesino Elocuente, una obra literaria del Antiguo Egipto datada 1970-1640 A.C. De ahí en adelante, todas las tradiciones filosóficas y religiosas la han situado como una regla fundamental de nuestro comportamiento. Para el budismo, zoroastrismo, taoísmo, confucionismo, judaísmo, islamismo, y para el cristianismo. Hay un hermoso hadiz islámico que dice: “ninguno de vosotros habrá de completar su fe hasta que quiera para su hermano lo que quiere para sí mismo”. No son ellos mismos los que han disputado por siglos con los judíos por el control del monte santo en Jerusalén. “Lo que es odioso para ti, no se lo hagas al prójimo”, ¿no es esa la norma de los judíos? Vivimos teniendo estos principios morales alejados de nuestra vida diaria. Los olvidamos, los enterramos, los acomodamos para adaptarlos a nuestros intereses mundanos. Los líderes de las diferentes religiones lo repiten una y otra vez, y a nosotros nos parece un cuento viejo y mal echado. Nosotros vivimos tan sumidos en nuestros mundos, que olvidamos al otro, dentro de esta ecuación. Una palabra, un pensamiento, una acción puede cambiarnos nuestra vida, y se la podemos cambiar al otro. No podemos esperar que el otro cambie. Solo está en nuestras manos, tomar la batuta, el que cada acción que hagamos tenga como principio el amor. Amar es una decisión sin distinción. ¡Cuidémonos todos!

Día 58: Pleamar

Las flores visten al mundo de majestuosos colores y silenciosas abren sus brazos al incandescente sol. Los pingüinos, en cambio, dejan de batir sus aletas y se abrazan tan cerca como sea posible para soportar la inclemencia del ártico, añorando el cambio de estación. Los cedros del Himalaya, sedientos, esperan sin fenecer los monzones que llegan con el verano. Yo me pregunto: ¿son tan sólo sus cuerpos los que están dotados de tal nivel de resistencia, o es que en sí mismos habita una mente que les ayuda a resistir los embates asociados a los ciclos que dan vida a la naturaleza, que nos dan vida? En la antigüedad los helenos utilizaban sus Olimpíadas como medio para exaltar al cuerpo humano. El atleta pasaba una educación rigurosa en el gimnasio para portar algún día la corona de olivo salvaje. Platón y Aristóteles, en disenso con sus antecesores que argumentaban “la gimnasia para el cuerpo y la música para el alma”, nos llevan a pensar que la educación física es un elemento pivotal para conseguir y preservar la salud y la belleza del cuerpo (y también del “alma”, por utilizar la terminología platónica). El alma para Platón tiene tres manifestaciones: el alma concupiscible, el alma irascible y el alma racional. La primera es el alma humana más cercana al cuerpo y sus deseos y sentidos; la segunda es aquella que se vincula con la voluntad, el valor y la fortaleza; y por último, el alma racional es el principio divino e inmortal. No me van a creer, pero toda la anterior perorata es porque se me dio por montar un simulador de bici en la casa; lo estrené el jueves. Mientrarodaba, recordé que el ejercicio físico nos acerca a nuestro cuerpo porque domina sus deseos de descansar, afianza la voluntad de soportar a toda costa y te hace imaginar lo que se sentiría terminar semejante esfuerzo. Nos visualizamos lográndolo y así, de un momento a otro, vemos la bandera de cuadros blanca y negra, que llamamos meta. Yo estaba que tiraba la toalla, estaba en la lona, pero esa fuerza que quema dentro de nosotros es lo que nos permite llegar a San Remo, a San Moritz o a San Francisco. El cuerpo como medio para fortalecerse a sí mismo, pero también como instrumento para acercarnos al otro poder que yace inexplorado por nosotros. No le damos valía a nuestra capacidad de emerger de las cenizas y al hecho que ese principio divino e inmortal nos es. Sin querer queriendo, como diría el Chavo del Ocho, comprendí que todos los seres de la naturaleza resisten a circunstancias extraordinarias e inimaginables. Su “mente” los convida a adaptarse y a superar las barreras físicas internas o externas. Nosotros igual. En nuestra falsa concepción de que somos cuerpos o mente, despojamos de sacralidad a las actividades físicas. Montar bici, caminar, barrer, trapear, lavar platos, que tanto hemos hecho en esta cuarentena. Educamos nuestra mente intelectual a sumar, a leer, a inferir, pero no educamos nuestra voluntad, y pasamos por alto que venimos con el instrumento que nos permitirá esculpirla. Nos creemos superiores a la flor, al pingüino o al cedro. Cuando en realidad tenemos que reverenciar sus pruebas. No importa en qué estación estemos de nuestra vida, eduquémonos cada día, para no sólo cultivar la salud de nuestros cuerpos físicos, sino cultivar nuestra voluntad, nuestra mente, y que así podamos utilizarlas como espadas para combatir nuestras debilidades. Tal vez logremos, atraídos por nuestra divinidad, elevarnos como la marea: en pleamar.

Día 62: Antídoto

“Quien no lo sepa ya

Lo aprenderá de prisa

La vida no para

No espera, no avisa

Tantos planes, tantos planes

Vueltos espuma

Tú por ejemplo

Tan a tiempo y tan inoportuna...”

Jorge Drexler

Nunca antes en nuestra vida habíamos estado tan pendientes de la muerte: que cómo se ha comportado la tasa de letalidad, que cómo se diferencia la anterior a la tasa de mortalidad. Los periódicos gravitan en mostrarnos la muerte como un dato estadístico frío o como una historia digna de Corín Tellado o de Shakespeare. Y están aquellos exaltados por los diarios como héroes, porque han derrotado la muerte. Son héroes porque sacaron a patadas a la parca y pudieron sonreír y ver el sol de nuevo. Los medios de comunicación nos bombardean haciendo alusión a los supuestos protagonistas de esta historia: los vencedores y los vencidos. Para ellos, somos víctimas de un homicida invisible.

La decisión que han tomado los gobiernos para “prevenir muertes” es distanciarnos a todos, especialmente a los adultos mayores. La razón es simple: su análisis estadístico indica que las personas mayores de 70 años tienen mayor probabilidad de fallecer por cuenta del exterminador. ¿Qué rol tienen nuestros adultos mayores en nuestra sociedad? ¿Por qué buscamos la longevidad máxima y a la vez consideramos la vejez como una enfermedad? ¿O será que buscamos la longevidad máxima sin deterioro?

La alegoría utilizada por los antiguos egipcios para hacer alusión a un “sabio” era “gris de lengua”, lo que nos indica que la erudición era directamente proporcional al tiempo vivido y al devenir de los años. Las canas aportaban reconocimiento. Para esta cultura milenaria, la longevidad tenía sentido porque era el seno del conocimiento y la sabiduría. En una biografía encontrada en el Reino Medio, en Edfu, que narra la vida del sacerdote Tjeni, se nos relata lo siguiente: “Yo soy un hombre digno de confianza para mis hermanos y hermanas, viejo de corazón, pero uno que no conoce debilidad”. Aspiraban a una senectud sin decrepitud.

Nuestra sociedad materialista removió la investidura de experiencia y de conocimiento al ser humano maduro, para revestirlo de incapacidad por no ser tan productivo como un joven. Cuánto daño nos hacemos como sociedad, porque son ellos quienes deberían utilizar su conocimiento al servicio de los más jóvenes. Por el contrario, la vejez es un lastre, porque lo vemos como un problema económico. Los asilos pululan repletos de abuelos sin familias, sin dinero, sin actividad alguna; ellos solo esperan el día en que pierdan la batalla agobiados por el peso que son. Todos en nuestras familias tenemos adultos mayores; escuchar sus historias, aunque repetitivas, nos ayuda a escarmentar en cabeza ajena. ¿Por qué no los escuchamos?

Nadie puede decir que la edad sea un indicador de que estemos vivos al siguiente minuto. ¿Acaso la vejez, señores, está dada por el número de años que vivamos, o más bien está dada por nuestro compromiso con nosotros mismos? Es viejo, aunque joven, el que deja de cultivar su propio ser, el que deja de trabajar con ahínco por conocerse a sí mismo, el que no quiere aprender por soberbio, el que no escucha las palabras y los designios que cada día nos muestran para intentarlo de nuevo (como dice Carlos Castañeda, por aproximaciones sucesivas), el que no cuida de su cuerpo físico, el que no potencia su capacidad mental, el que no cultiva la inmortalidad de su espíritu. Es viejo quien renuncie a dar amor, por esperar tan solo recibir. Es viejo quien tira la toalla. Es quien opta por no renacer a pesar de las muertes que vivamos en nuestra existencia.

Los periódicos olvidan que la muerte, por simple oposición, le da todo el sentido a nuestra fugaz existencia. Su presencia es el antídoto para la senectud en este plano, y es la llave para la sabiduría. La muerte lo relativiza todo y llena de sentido de vivir esta vida. La búsqueda es vencer a la muerte con la inmortalidad de nuestro espíritu. La muerte no es el enemigo por combatir, es nuestra inconsciencia.

En el marco de esta epidemia, olvidemos los grupos de edad, no olvidemos la muerte y la responsabilidad que conlleva cada vida. Busquemos ser siempre jóvenes. Levantémonos felices cada día, a pesar de nuestra edad, para ir al colegio, para aprender, para esforzarse, para ganar el examen, para pasar a la universidad.

Día 68: SI al No

Recientemente, escuché un audio de cinco minutos del sobreviviente más joven del equipo de rugby uruguayo que iba en el avión a Chile que se estrelló en los Andes (“Alive”). Estos fueron los hombres que vivieron 70 días en los Andes. Ellos se enteran en un radio que tenían, que luego les saca la mano, que habían cesado la búsqueda de los sobrevivientes. Uno de ellos, Nicolich, les comunica la buena noticia a los demás y los lleva a que piensen que ahora no dependen de terceros, sino que su vida depende de ellos. Decidieron trabajar en equipo y tomaron decisiones para sobrevivir, como comer la carne de sus compañeros muertos. Todo era adversidad: además de ser olvidados, según ellos, les vino una avalancha donde mueren otros ocho compañeros; luego de buscar y encontrar la cola del avión, no pudieron hacer funcionar el radio. Todo era desasosiego. Y dice Carlos en el audio: “Nosotros... gracias a la actitud, pudimos decirle que Sí al No.”

Otros casos que le dicen sí al no, a pesar de sus dificultades, son las personas que se someten a algún tipo de trasplante. Tengo la fortuna de conocer a dos personas que han superado la prueba, gracias no solo a la pericia médica sino también a la forma en que abordaron la prueba. ¡Hoy pintan, disfrutan el mar, pasan horas en un jacuzzi, adoptan perros, cultivan flores, se ríen de la vida y hasta se casan! Todo esto lo digo porque en todos los periódicos locales —ayer en la mañana, por ejemplo— se habló del trasplante de la hija de 5 meses del alcalde de Medellín, cuya donante fue su propia madre porque no consiguieron otro donante. Pensaba en lo que debía estar pasando por la mente de ese hombre: su hija se iba a someter a una cirugía de 16 horas, y su esposa, en un acto de amor inconmensurable, también entraría a cirugía, poniendo en riesgo su vida para salvar la de su pequeña. Todo estaba en juego. ¿A qué debía recurrir este hombre en una sala de espera?

En la tarde me enfrentaba a mi clase, donde mis dendritas se hacen añicos, mi clase de cello, o como diría mi mamá: “michelada”. La profe me pidió que tocara de memoria dos temas que he venido trabajando con ella, el Minueto 3 de Bach y el inicio del Canon en D de Pachebel… y yo empecé a decirle como loca que no, que como se le ocurría; yo le decía que no y ella me decía que sí, yo que no y ella que sí, y luego me da una estocada diciéndome: “es que tú te la sabes de memoria pero no confías, ni crees que te las sabes”.

Después de la clase no tuve más remedio que ir al diccionario y mirar la etimología de la palabra confiar, y significa “tener total fe o lealtad”, ya que viene del latín, con-junto y fides-fe. ¿En quién debemos confiar? ¿Qué debemos confiar? ¿Para qué debemos confiar? ¿Qué logramos si confiamos? ¿Qué podemos hacer para abandonar la desconfianza?

Yo no creo que los uruguayos hayan sobrevivido su aventura sin contar con el otro. No creo que una persona en una mesa de cirugía de cara a un trasplante, aterrorizada por la incertidumbre, logre sacar su fortaleza, si no fuera porque se pone en manos de sus cuidadores (médicos, enfermeras y, sobre todo, Dios). Tampoco creo que una persona saque todo el provecho de sus talentos, y pueda expresarse sin tapujos, si no fuera porque debe confiar en sí mismo y no dejar que la loca de la casa sabotee el esfuerzo diario. ¿Cómo puede uno rehacerse o levantarse de la adversidad si no cree con toda certeza que lo va a lograr, que lo van a lograr? No me miren raro, el van está en plural… porque nada de lo que embarquemos en la vida es un ejercicio solitario, siempre hay otro, aunque ese otro no lo conozcamos, aunque ese otro sea yo mismo.

En mis cavilaciones de anoche, pensé que la confianza tiene dos aspectos: uno activo y uno pasivo. El activo es el que me invita a hacer y dar lo mejor de mí en cada segundo, fluyendo sin dejarme acorralar por los pensamientos de derrota o incapacidad. El pasivo, por otro lado, es el que te lleva a entregar el resultado. Se vincula al activo, en el sentido de que el resultado se asocia a la intención materializada; sin embargo, la calidad, la cantidad o la temporalidad del resultado finalmente lo entregas. Al final, todo será como ha de ser.

Si queremos decirle Sí al No, si queremos cambiar nuestra vida, si queremos abandonar el cautiverio del enemigo, trabajemos amorosamente de la mano del otro, de nosotros mismos, y construyamos un pensamiento que venza obstáculos, que rompa amarras, que sirva al otro, que nos recuerde que somos parte de un equipo, que nos recalque que el individualismo es un acto de soberbia, que nos haga rendirnos a la gratitud de lo insospechado.

“Empieza por hacer lo necesario,

luego haz lo posible,

y de pronto estarás logrando lo imposible.”

FRANCISCO DE ASÍS

Día 70: Inmigrantes

Imagínense ustedes que en el calendario de festividades existe una para la Esclerosis Múltiple. Me vine enterar esta semana. Todo un despliegue de conferencias para informar sobre los avances en diagnóstico, tratamiento, prevención y calidad de vida para los escleróticos. La verdad tuve un bombardeo de vídeos, artículos y casi que felicitaciones del centro farmacológico donde me ponen la droga. El mundo científico trabaja para conocerla, y dicen que es la mayor causa de discapacidad de personas jóvenes en el mundo. Más que los accidentes de tránsito o cerebro-vasculares.

He meditado esta semana sobre la discapacidad. Y la vida, que está repleta de regalos, me ha dado ejemplos donde la discapacidad se relega a la grandiosidad de la virtud. Casualmente, dos músicos ciegos. El primero, el pianista japonés Nobuyuki Tsuji; el otro, un guitarrista argentino, Nahuel Pennisi. Tsuji, pianista prodigioso y compositor, ha tocado con las principales orquestas del mundo. Para él tocar las obras más complicadas técnicamente son fáciles, porque el piano es una extensión de su cuerpo. Aprende todas las obras de oído. Él no sabe cómo es el blanco ni el negro de las teclas, pero las conoce. No habrá visto el Carnegie Hall, ni a su conductor, pero reconocerá su respiración o el calor de su presencia o la energía de los aplausos. Por otro lado, Pennisi, autodidacta, de músico callejero pasó a ser apetecido por los artistas pop latinoamericanos. Nominado al Latin Grammy, Pennisi adaptó la forma como toma la guitarra para poder hacer los acordes. En la presentación que le hacen en la ceremonia de los Latin Grammy, dicen lo siguiente: “Guitarrista y cantante, no vidente, dotado de un oído musical absoluto, trazando el futuro del folclor con una sensibilidad única”. ¿Entonces ser invidente es no ser vidente? ¿Qué tienen en común este par de jóvenes? ¿La discapacidad o el virtuosismo?

En lo personal, me eclipsa la capacidad de expresar, de expresarse, de acercarnos a la dulzura de lo sublime, que tienen estos “discapacitados”. Si vemos su aspecto físico, los podemos juzgar como raros. Pero ¿se imaginan qué tan cerca debe estar un ciego de verse a sí mismo? ¿Cómo será de libre su imaginación para describir un amanecer? ¿Se imaginan como concebiría un ciego el cielo, la aurora boreal o una lluvia de estrellas? La limitación física de algún aspecto es un reto para transformar esa restricción en un río de ser, que desemboca al mar calmo y prístino de la divinidad. El arte es volver un movimiento, mensaje, acción, en silencio. El camino es la adaptación, La autenticidad hecha canción, corcheas y semicorcheas.

¿Por qué le tenemos tanto miedo a la discapacidad? ¿No será que nos da miedo ser incapaces de adaptarnos? La incapacidad confundida con discapacidad. La felicidad no está medida por cuántas extremidades podamos mover o de cuántos sentidos nos podamos valer. Si fuera esto cierto, deberíamos echar al traste a los místicos de todas las épocas, que nos han convidado a distanciarnos de nuestros sentidos para llegar a esa estación donde viviremos eternamente.

Yo siento que las notas inundadas de magnificencia deambulan entre nosotros sin escucharlas. Las golondrinas en su baile las persiguen. Dejemos la comodidad de las rutinas, abracemos el esfuerzo. Tenemos el milagro de la vida, sus sentidos y movimientos. Les pido que pasemos por “in-migración”, para que nos sellen el pasaporte, de la entrada a ese nuevo estado, en donde entregamos todo de nosotros, en donde cavamos con pico y pala en las profundidades del alma, para encontrarnos con nuestro espíritu ansioso por comandar la migración.

El discapacitado si se lo sueña podrá vencer lo incalculable. Somos discapacitados cuando dejamos de intentar, cuando pretendemos sostener el hilo ilusorio de lo inmutable, cuando estamos tan paralizados por el miedo que dejamos ver pasar la vida, desde una silla de ruedas inexistente, construida por nosotros mismos, por nuestras mentes. Nos creemos inválidos. Es discapacitado quien no se da, es discapacitado quien no recibe. Es discapacitado quien no ama.

Seamos como Tsuji y Pennisi, quienes dejaron atrás su discapacidad, y nos convidan con sus actuaciones a sentir, a “in-migrar” hacia ese lugar donde podamos escuchar, como las golondrinas, las notas que brotan de ese manantial de eternidad.

Les dejo un par de links por si los quieren escuchar (espero lo disfruten tanto como yo):

Tsuji: https://www.youtube.com/watch?v=LqoV4ZW7xTA

Pennisi: https://www.youtube.com/watch?v=IsJn63604S0&list=RDIsJn63604S0&index=1

Día 77: Opticus

A mí me encanta nadar. Con frecuencia cuando me zambullo y llevo un rato concentrada en la respiración y en las brazadas —izquierda, derecha—, sintiendo cómo el agua se desliza sobre mi cuerpo, de pronto, las gafas se empañan, se nubla todo, no veo nada y ya se vuelve muy incómodo seguir adelante. Si no quiero parar, hago lo que me enseñaron en mis sendos cursos de buceo, y es que levante un poquito las gafas y deje entrar agua, así el agua misma elimina la opacidad. Para los que son menos acuáticos, o viven en lugares calurosos, sabrán lo que sucede si uno tiene gafas cuando se baja de un carro con aire acondicionado. Queda uno ciego, en realidad. Y no queda más remedio que quitárselas, tomar un pañuelo y limpiarlas, ponérselas y retomar la marcha.

He descubierto en medio de esta cuarentena, que a veces se nos empañan las gafas con las que vemos la realidad que estamos viviendo. A tientas nos movemos, todo pierde su brillo y claridad, dejamos de disfrutar lo que hacemos y nos llenamos de largas argumentaciones que sustentan nuestro desasosiego; dejamos de confiar. Se nos presenta la dicotomía de si necesitamos con urgencia una parada técnica al optómetra para que nos corrijan la miopía y el astigmatismo, o si más bien sacamos el pañuelo del bolsillo y limpiamos los espejuelos.

En estos días empecé a desesperarme por no tener trabajo. Las gafas se empañaron. Me veía en medio de una sin salida, porque emplearme tiempo completo es una clara imposibilidad, para una persona que cada quince días se debe incapacitar, porque está en las drogas. ¿Qué podía hacer? Sumémosle a la película que además soy población vulnerable, por lo cual el encierro es más prolongado; y para rematar, todo patas arriba, innumerables empresas colgando los guayos. Con las gafas empañadas, me dediqué a ver una serie en Netflix que se llama Resurrección, sobre la vida de Ertrugul, el precursor del Imperio Otomano. En ella, hermosamente nos muestran las enseñanzas del Corán y hacen permanentemente énfasis en el sentido de caminar por la senda definida por Dios, y repetían en inglés “every cloud has its silver lining” que en español sería “no hay mal que por bien no venga” (la cual creo que es una mala traducción). También repetían que la noche es más oscura justo antes de amanecer, y que no hay primavera sin invierno.

Pero, así como los días pasan, las cosas se decantan, los mensajes llegan, y definitivamente tomamos la decisión de sacar el pañuelito. Nos damos cuenta que el brillo estaba ahí pero que enfocábamos nuestra atención a la bruma temporal. También nos damos cuenta que el universo late y tiene su ritmo. ¿Acaso nosotros no? Todo en la vida es una prueba y un gran regalo. Mis lentes se habían empañado, porque había olvidado mis prioridades. Estaba buscando una salida en el exterior, cuando la respuesta era la forma como veía la situación. Tomar consciencia, es una varita mágica, moviliza cosas inesperadas. Y luego se mira atrás y se da cuenta que todo era un juego de perspectiva. Y si se pone en relación con el otro, se da cuenta que es una nimiedad. Para la muestra un botón; en medio del cuento, me entero de que el papá de una amiga fue declarado desaparecido. Yo quedé patidifusa. Como diría otro amigo, el problema más grande es el de uno. ¿Y de qué tamaño era mi mal llamado problema, al lado de la angustia de mi amiga de no saber el paradero de su papá desaparecido?

Les comparto mi experiencia, con el ánimo de que escarmentemos en cabeza ajena. Tal vez cuando tengamos algún reto, paremos y pensemos, si por el cambio se empañaron las gafas, o si es mi observador que está un poco perezoso y opta por la salida más cómoda de ser víctima. Tenemos a la mano muchas herramientas para hacer ese examen de consciencia, y en vez de pensar que nos vamos a ahogar en medio de la buceada porque se nos metió agua a la careta, utilicemos la receta aprendida. El silencio es nuestro gran aliado. Allí tenemos el acervo de respuestas, hasta para las preguntas que aún no hemos formulado o que nunca formularemos.

Si pensamos diferente, el resultado será diferente. Alguien a quien aprecio me dijo hace un tiempo: “caer para levantarse no es caer”. Agradezcamos los cambios de estación, agradezcamos los ciclos, agradezcamos todo cuanto llegue en esta vida, agradezcamos que tenemos lentes, agradezcamos que se empañen, agradezcamos que aprendemos a limpiarlos, agradezcamos la nitidez y la luz, agradezcamos la noche y la oscuridad, agradezcamos el milagro de estar vivos, agradezcamos la posibilidad infinita de desempañarnos y de conquistar ese imperio indómito y sin fronteras, llamado nuestra paz interior.

Día 84: De cavernas y recintos

Se imaginan un hombre en la Edad de Piedra comunicándose a través del uso de monosílabos, refugiándose en cuevas y, en sus profundidades, uniéndose con otros para expresarse con tinturas naturales, haciendo dibujos del hombre-bisonte en las paredes, en donde el potencial creativo se plasmaba en cada ápice de piedra esculpida o coloreada. El animal como una deidad. El hombre desde la prehistoria se hace protagonista de una realidad que trasciende su universo y valida su existencia. Algunos deterministas pensarían que ese plano incognoscible, pero intuible, llegó con la escritura, pero no fue así. Es más, hemos creído por muchos años que el hombre dejó de merodear, que dejó atrás sus años de cazadores y recolectores y se asentó en lugares para domesticar animales y para cultivar su alimento. Les cuento que es completamente falaz este argumento. Hay vasta evidencia de que los seres humanos experimentaron con la agricultura primero en lugares de experiencia religiosa o “templos”. El hombre buscó controlar y manipular la naturaleza para sacar provecho de esta. El hombre hace una transición cognitiva para pensar que podemos ser los dioses de la naturaleza. Lo divino concebido desde lo humano, como lo humano. El hombre al describir a Dios se describe a sí mismo en términos divinos. Hay un libro fascinante de Reza Aslan, el mismo autor de El Zelote, llamado Dios, una historia humana, donde nos lleva de la mano desde la prehistoria hasta la consolidación de las principales religiones monoteístas, mostrándonos esa visión antropocéntrica del principio vital.

La incertidumbre ha sido una constante para todos los seres que habitamos este planeta, desde esos primeros cazadores deambulando sin descanso hasta encontrar alimento. Así mismo para una especie de ave en Borneo, que construye durante toda su vida unas estructuras elaboradísimas con palitos y ramitas, en busca de cortejar a la tan añorada hembra. Los árboles frutales esperan, sin remedio batallando en la intemperie, a que el Fenómeno del Niño se acabe y lleguen las primeras lluvias para revestir su follaje de colores, aromas y sabores. Un joven, hoy, espera saber si es merecedor de la beca para financiar sus estudios, y si no es tan aventajado, tan sólo, espera si lo van a admitir al alma mater. La reina de belleza, que ayer salió en las noticias, se debate en saber cómo será su vida después de la amputación de su pie.

La vida está llena de esas preguntas, que no creo sean incógnitas. Nos creemos dioses, como nuestros antecesores, y creemos de forma soberbia tener la respuesta. Elaboramos escenarios en nuestras mentes, basándonos en ilusiones o en supuestos improbables, y como guionistas de una película definimos qué debiera hacer parte de la trama y qué no. Cuando los posibles escenarios son muy disimiles y los posibles caminos perpendiculares, dejamos de ver la vida como un espiral y nos sumergimos en el caos, por anticiparnos a cómo hemos de vivir ante tal variabilidad o si seremos capaces de subir la pendiente del camino predeterminado. Se nos olvida, en nuestra pequeñez, que hay un narrador omnisciente: que lo sabe todo, que lo explica todo, que se puede identificar con el autor, que permite los saltos en el tiempo y en el espacio y que aporta credibilidad. ¿Por qué pretendemos actuar como éste sin ser omniscientes? Nos creemos dioses, creemos que Dios es como nosotros.

Los místicos han buscado tener un atisbo de lo inenarrable, de lo intocable, de lo inimaginable, de lo atemporal, de lo inmaterial. Ellos buscaban sin cesar la transcendencia, partiendo de la aceptación de su precaria naturaleza, del camino. Ellos buscaban sin cesar la trascendencia, resignificando cada momento de la vida como esas condiciones perfectas, por más dolorosas que fueran, para afinar su voluntad, refinar su entrega e interpretar majestuosamente su instrumento de amor.

Abandonemos nuestra profesión de guionistas, de narradores omniscientes, de ignorantes. Busquemos el reino de Dios y todo se nos dará por añadidura. No nos inquietemos por el mañana, disipemos el helor del miedo y de la incertidumbre, con la llama de amor vivo que enciende y libera el recinto por ocupar.

Día 93: La síncopa

Mi última semana no ha tenido otro nombre que: la síncopa. Gracias a mi profe de cello, he tenido una mano de Carmen de Bolívar monumental...”¡Tierra de placeres, de luz y alegría… de lindas mujeres… Carmen, tierra mía!” Para los que no sean costeños, es mi porro favorito. Lo cantó Lucho Bermúdez con Matilde Díaz. A mí me transporta a mi niñez, a las premiaciones de los torneos de Golf, cuando de precocita me tocaba ir a las fiestas de los “grandes” a esperar mi copa. Me sentaba en unas escaleras, en el Salón Principal del Country Club de Barranquilla, que me permitían divisar desde lo alto a los “grandes”, y ver cómo se deslizaban, cómo seguían el ritmo que los Hermanos Martelo marcaban, cómo esas parejas se amalgamaban y cada uno de ellos eran y dejaban de ser al escuchar la melodía. Era maravilloso ver cuando sonaban los primeros compases: la pista de baile se volvía un hormiguero, el factor común, la expresión.

A pesar de mis recuerdos de infancia, y de que mi corazón siempre haya latido a ese ritmo, no tenía la menor idea que la profe se traía un regalo de tal calado. La síncopa, me explicó, “es un fenómeno que consiste en una prolongación de una figura rítmica o una armónica de un tiempo débil a un tiempo fuerte”. La verdad quedé mirando un chispero. Cómo así que una prolongación de un tiempo débil a un tiempo fuerte. Pos manito, en el cello las dos notas se articulan en la misma arcada y la duración de las notas se suman. Me imagino que están tan perdidos como yo lo estaba. Pero para que no se desgasten con estos tecnicismos, se los voy a resumir… Carmen de Bolívar está plagada de síncopas. Y son ellas las que, entre otras cosas, le dan su exquisitez.

Lo hermoso de la síncopa es que esa ligadura sorprende. La síncopa llena de fortaleza la esperada debilidad; sazona la música, la vuelve un manjar; elimina los vértices de un cuadrado para sacar el compás y delinear un trazado sin líneas de contención.

¿Qué les parece si le aplicamos el concepto de la síncopa a nuestras vidas y a la realidad que vivimos? Los momentos de debilidad son aquellos donde nos cunde el miedo, donde el sosiego es un intangible, donde nos cuestionamos hasta el apellido, donde nos sentimos solos y sin sentido. Qué tal si en la partitura de nuestras vidas ligamos ese momento a uno revestido de fortaleza. Al unir esos tiempos, transformamos esa fría arcilla en una figura o forma que nos habita. La posibilidad de cambiar el ritmo y la melodía están en nuestras manos si decidimos componer nuestra música. Muchas veces abandonamos la travesía por el miedo al qué dirán o por los juicios que se vuelven una cadena perpetua. Nuestros seres queridos nos recuerdan el acervo de herramientas que llevamos en la mochila, nos hacen ver con claridad que siempre hay algo del pasado que nos enseñó y que nos permitió superar una tribulación. Ellos nos instan a que rebusquemos en los anaqueles y hagamos uso de nuestro mejor esfuerzo para disfrutar de una nueva sintaxis, para ponerle picante y picardía, a lo que para muchos puede ser una agobiante existencia. El presente como foco de nuestra atención y nuestro ser como instrumento sonoro.

“Uno para todos y todos para uno”, al mejor estilo de los mosqueteros. Abramos nuestra mano para recibir a aquel que nos brinda amor, abramos nuestra mano al que nos hiere, abramos nuestra mano a nuestro pasado, abramos nuestra mano a la búsqueda de la eternidad, abramos nuestra mano a la incertidumbre, abramos nuestra mano a la imaginación, abramos nuestra mano a nuestra debilidad como pilar de la perseverancia y de nuestra transformación.

Embriaguemos de síncopas la vida. Rompamos lo moldes. Alteremos los ritmos. Crezcamos en el arte del tiempo. Aprendamos, como dijo Robert Schumann, a expresar los más delicados matices del sentimiento al penetrar más profundamente en los misterios de la armonía.

Aquí les dejo el vínculo para que se den un paseo por Carmen de Bolívar:

https://www.youtube.com/watch?v=cMLursVQsws

Día 105: El agua moja

Richard Phillips es un afroamericano que fue sentenciado a cadena perpetua por un crimen que no cometió. El principal testigo de su caso fue el actual responsable de los hechos. Después de luchar por 46 años en una cárcel, sin posibilidad alguna de salir bajo fianza, el homicida cambia su testimonio y lo exonera de toda responsabilidad. El estado de Michigan le pagó un millón y medio de dólares como resarcimiento, lo que equivale a $ 91 dólares por día. ¿Eso vale un día de vida?

La otra historia conmovedora de sentencias injustas es la de los llamados “los 5 de Central Park”. La historia de 5 jóvenes afroamericanos que fueron sentenciados por el homicidio de una mujer caucásica que corría en las inmediaciones del Central Park en Nueva York. Los jóvenes fueron obligados a declararse culpables aún sin que ninguna evidencia lo respaldara. Uno de ellos estuvo en una celda en aislamiento por 13 años.

Richard pintó acuarelas por 46 años para que su corazón no se endureciera, cuando salió enfatizó en el reto que fue la adaptación a la libertad. No tenía a nadie, no sabía comprar en un supermercado y hasta se le había olvidado manejar. En el caso de “los 5 del Central Park”, eran muchachos entre los 14 y 16 años; el uno quería ser trompetista, el otro beisbolista, los otros ni sabían qué vida soñaban. Después de 12 años el estado de Nueva York les hace un pago de 40 millones de dólares. Y en una entrevista que les hace Oprah Winfrey, se puede ver el sabor agridulce que aún hoy tiene para ellos. El sistema los hizo crecer, los cambió y, en las palabras de uno de ellos, “los rompió”.

Estas historias nos invitan a reflexionar en la noción de la justicia, del resarcimiento, pero sobre todo de cómo podemos escalar las pendientes más empinadas. Estas historias son inspiradoras, porque estos seres, a pesar de la injusticia, aman. Richard Phillips, en su entrevista, nos recuerda que la vida no se trata de evadir los problemas, sino cómo en medio de la tormenta podemos bailar debajo de la lluvia y, sobre todo, digo yo, disfrutar de ese baile.

Hoy las noticias nos bombardean con el resurgimiento de la peste bubónica, con un nuevo virus porcino, con las mutaciones del Covid, con la desobediencia social y el incremento de muertes y contagios por Covid en Colombia y en el mundo. Por otro lado, los mayores de 70 entutelando al gobierno. Los líderes fallándole al pueblo. Desempleo con récords históricos de más del 20%, en Colombia. Sobreendeudamiento de las familias, instados por un sistema para que compren aún sin tener. En fin, si lo miramos así no hay con qué hacer un caldo.

Bailemos al mejor estilo de Hollywood: en la lluvia; disfrutemos de las gotitas tocando nuestro cuerpo, reconociendo “que el agua moja”, que nos refresca. Juguemos y sintamos profunda alegría de estar vivos. Aprendamos de estas historias que la justicia no está en nuestras manos. Somos pésimos impartiendo justicia. Y si el veredicto está en nuestra contra, vivamos el camino un día a la vez. Y aun si no lo está, y nos sentimos agobiados e intranquilos, seamos conscientes del universo atemporal que habita en nosotros. Volvámonos lluvia para calmar la sed del otro, y recordemos una y otra vez que el éxito se mide por la forma de afrontar las pruebas y no por las pruebas en sí. Seamos positivos y en este momento de vida agradezcamos que tenemos las puertas abiertas para inundar el mundo de nuestro ser, vasto, eterno, sereno y libre.

Día 109: Cumplamos la tarea

En Colombia tenemos dos motivos por los que celebrar. El primero, por el descubrimiento de los fósiles de un Pterosaurio, un dinosaurio volador, que vivió en los Santanderes hace más de 125,000 años. El segundo, es que según la prestigiosa revista Nature aborígenes precolombinos fueron los encargados de colonizar la Isla de Pascua y la Polinesia. Lograron hacer adicional a un rastreo genético, hallazgos de algunos restos de alimentos que vendrían de nuestro continente, como la batata. Resulta mordaz sugerir que celebremos en el marco del pico de muertes y contagios por el Covid, o por la explosión de un camión en Tasajera que dejó a familias enteras desoladas. Pero hago hincapié en que sí tenemos motivos por los que celebrar. Si no es en Colombia, les pido que piensen qué razones podríamos tener para descorchar un buen vino o saborear una exquisita vianda.

Si pasamos a una esfera más personal, hoy los invito conmigo a celebrar esas pequeñas cosas que hacen de este paso, el llamado valle de lágrimas, un viaje como ningún otro. Hoy celebro, por ejemplo, que mis controles de esclerosis múltiple, luego de casi un año de diagnóstico, son considerados estables. Por lo tanto, seguimos como venimos. Cómo no celebrar el amor de nuestros familiares y amigos, que hacen liviano el caminar. ¡O cómo no hacer una fiesta por haber encontrado un croissant vegano de chocolate negro!

Esta semana, me estremeció escuchar las respuestas de una mujer que había perdido a su hijo y hermano en el terrible accidente en Tasajera, ante la indelicadeza del periodista. Desgarrada, narró como las últimas palabras de su hijo habían sido que no quería morirse y como el último sollozo de su hermano había sido que no iba ver nacer a su hijo, que no lo iba a conocer. ¡No seamos indolentes e inconscientes! Estas semanas anteriores, ante la expectativa de los resultados de la resonancia, y ante la avalancha de emociones que navegan los días, pensé que más que temerle a la muerte, al dolor o la discapacidad, debemos temerle a no exprimirle el último jugo a la vida, a no cumplir con el “para qué” de este paseíto. El miedo se transforma en un presente maquillado de desparpajo. Cómo no celebrar la salud, cómo no celebrar el olor a ajo, cómo no celebrar la caricia de tu mascota, cómo no celebrar el poder cantar las canciones favoritas de Jorge Drexler en su Facebook Live, cómo no celebrar tus batallas, las mías, cómo no celebrar tus apuestas por la reinvención, cómo no celebrar el don de fluir.

Utilicemos método e intuición para demarcar nuestra área de trabajo, trabajemos con el cuidado de un arqueólogo desenterrando la historia con un cepillito, seamos respetuosos de los hallazgos. Creamos en nosotros, liberémonos de la mente que nos hace creer que no hay camino, que no somos capaces de hacer lo que soñamos, que el futuro es sombrío, que ya no hay tiempo de nada. Disfrutemos de la meticulosa y dispendiosa misión. Busquemos esas sensaciones que hemos olvidado de nuestra niñez: ¿se acuerdan de la emoción de esconderse o luego de pegarse un carrerón para que no nos tocara la lleva? Y la emoción de montar bicicleta y su libertad, la de dibujar creyéndose Picasso o de cantar creyéndose Paloma San Basilio. ¿Se imaginan el Pterosaurio pisteando el Cañón del Chicamocha, sobrevolando montañas escarpadas y comiendo piñas de Lebrija? ¿Se imaginan el asombro de esos primeros aborígenes, que decidieron ir más allá de lo conocido, al encontrar un pedazo de tierra rodeada de agua salada?

“Cumplamos la tarea de vivir de tal modo que cuando muramos, incluso el de la funeraria lo sienta.”

Marc Twain.

Día 124: A Sotavento

Soy testigo de cómo las estaciones cambian, de cómo desde mi ventana los torrenciales aguaceros transforman el Valle de Aburrá, de un lugar de verdes esplendorosos que se intensifican debajo de los rayos del sol a ser la cuna de un bebé arropado, agazapado por el estruendo de las descargas eléctricas. La vida pareciera desaparecer ante tan majestuoso espectáculo. ¿Quién puede defenderse de la vehemencia de la naturaleza? Ni sus montañas pueden acorazar a este valle con olor a café y fríjoles. El tiempo ha cambiado, la pandemia ha cambiado y nosotros hemos cambiado.

He recibido en el transcurso de estas semanas un popurrí de historias conmovedoras, amasadas por lo trágico, pero adobadas por la lucha contra la irreductibilidad y por la fuerza del dar. La primera de ellas la encontré en un periódico: Jihad Al-Suwait es un joven palestino, quien decidió escalar varios pisos de un hospital, por su fachada, para poderse sentar en la ventana de la habitación donde su madre cada noche batallaba contra el virus, hasta que dice adiós para siempre. Qué habrá pasado por la cabeza de aquel muchacho, viendo a su madre en su solitario confinamiento, noche tras noche, caminar ante la muerte sin que éste pudiera prevenirla. Su silenciosa compañía separada por un ventanal de vidrio, las horas deslizándose, su impotencia, su determinación, el vacío lo rodeaba, lo acunaba. Su ingenio amoroso transformó, aún en la distancia, la despedida de ese ser que le dio la vida en una gala digna de cualquier monarquía.

La segunda historieta es de alguien muy cercano a mis afectos, quien fue atropellado por un camión transportador de alimentos mientras montaba bicicleta. La bobadita le costó 4 costillas rotas, fisura en la cadera, neumotórax y magulladuras por todo el cuerpo. ¡Se imaginan el dolor! En medio de la resaca por un trauma de tal envergadura, esta persona tiene tiempo para enseñarnos cómo sembrar, cómo enfrentar el dolor, cómo llenar de color un dibujo monocromático. Imagínense que escribió en uno de esos grupos de WhatsApp, y le dijo a un familiar suyo que todo el dolor que estaba viviendo lo ofrecía por su salud. Hermoso acto de nobleza, hermoso acto de amor. ¡Una obra maestra!

La última historieta, para no aburrirlos con la lista de contagiados por el Covid, es la de una compañera del colegio que fue diagnosticada con Esclerosis Múltiple en el 2001. Para hacer el relato corto, ella hoy está en silla de ruedas y abrió un crowdfunding buscando recursos para conseguir un aparato que le ayude en su rehabilitación física, para poder volver a caminar. El título de su página era el siguiente: “Help Nicole #move #conquer# #MS will not rule my life. Keep # dreamin.” Lo que nos dice es que le ayudemos a que se mueva, a que conquiste, a que la esclerosis no domine su vida, a que continúe soñando. ¿No creen ustedes que ese debe ser el título de todas nuestras vidas, si cambiamos la esclerosis múltiple por el reto cada uno está viviendo? Que la depresión no domine mi vida, que el cáncer no domine mi vida, que la angustia no domine mi vida, que el miedo no domine mi vida, que los problemas económicos no dominen mi vida, que la tristeza no domine mi vida. ¡No nos demos por vencidos, esforcémonos por alcanzar los sueños, no nos quedemos quietos! Nicole se sueña con la brisa acariciando su pelo mientras camina. ¿No creen que el sueño de uno es el sueño de todos? ¿No creen que ayudarle a otro es ayudarnos a nosotros mismos?

Simplemente conmovedoras. Podemos escalar edificios para arrullar a un ser querido en la distancia, podemos transmutar el dolor en amor, podemos soñar que el camino es dar un paso. El factor común es podemos: podemos ser inspiración viviendo con entereza nuestros retos. Los actos de valentía nunca serán baladíes.

Recibamos el aliento de las personas que nos acompañan en esta travesía con sus hazañas diarias. Recibamos el aliento de los que nos antecedieron. Inspiremos. Y con la fuerza que recibimos de su ejemplo lancémonos a alta mar, alcemos nuestras velas, y naveguemos a vela llena. Si el viento cesa, naveguemos a toca vela; si el viento cambia de dirección, cambiemos la vela, pero no la apoquemos; si el esfuerzo es mucho, desfoguemos la vela. Zarpemos y naveguemos a sotavento, disfrutando de la propulsión del viento, del corazón vagando por la inmensidad, de la experiencia de vivir nuestras conquistas con nuestra tripulación. Todos somos capitanes, todos somos marineros, todos somos vela, todos somos viento, todos somos mar.

“Carpe diem, quam minimum credula postero” (Aprovecha el día y no confíes en el mañana)

Día 132: Saltaré

Siguiendo el mundo de las historietas del blog anterior, empiezo este por una que me dejó con la boca abierta. Al buen entendedor pocas palabras. Esto sucedió el 20 de julio: mientras en Colombia celebrábamos el día patrio, un par de niños saltaban de un tercer piso en Grenoble (Francia) huyendo de un incendio que consumía su hogar. Las causas las desconozco. Los vecinos del lugar se agolparon en el primer piso y les gritaban que se tiraran, mientas los niños se sostenían aterrorizados afuera de la ventana. Los niños, uno tras otro, vencieron el miedo y confiando en este grupo de desconocidos dispuestos para salvar sus vidas se soltaron, para descender en caída libre unos 15 metros. En pleno siglo XXI, estos gritos no eran otra cosa que gritos de independencia. Este fue el verdadero Florero de Llorente, para que este par de niños aprendieran que confiar en los otros puede salvarles sus propias vidas, que el miedo en vez de inmovilizarlos los debe movilizar, y que ante una encrucijada de tal magnitud una decisión puede ser un viaje cuyo puerto de partida es la angustia y cuyo puerto de llegada es la felicidad de ser conscientes de la fugacidad de la vida, y de su milagro. El mayor de los niños lanzó primero al pequeño y luego lo hizo él. ¡Chapeau!

Walid Athoumani, estudiante de geografía y vecino del lugar que estuvo ahí para recibir primero al niño de 3 años y luego para recibir al de 10 años. Walid y otros vecinos subieron a tumbar la puerta para poder entrar y no lo pudieron hacer, por lo cual decidieron optar por indicarle al par de niños que saltaran de su ventana. Los niños salieron ilesos, no tocaron el suelo. Mientras varios de los que recibieron a los niños sufrieron fracturas en sus muñecas y dedos. A Walid no le importó el dolor de su muñeca y esperó la recepción del segundo niño. ¡Lo importante era salvarles la vida! En su relato, que les copio el enlace al final del blog, dice que se sentía orgulloso de la solidaridad de los vecinos y que los grandes héroes eran los niños con su coraje.

Pienso en los niños y me admiro ante su manejo de la situación, ante su valentía. Me asombra que a pesar de que en sus mentes el terror galopara, ante esta pequeñísima decisión, no vacilaron ejecutar lo que “unos mayores " desconocidos los instaban. Esa intrepidez y audacia es fruto también de unas mentes sin tantos prejuicios, de la fantasía que los adultos olvidamos de que “todo es posible”. El niño juega, y este juego se trataba de confiar. Por otro lado, pienso en Walid y sus demás vecinos, quienes actuaron determinados a ayudar a los niños a pesar de la adversidad. La mente colectiva es más fuerte que la mente individual, la adrenalina y la claridad del objetivo los llevó como equipo a que, en tal nivel de presión, lograran lo impensable. ¿Se imaginan la energía generada por la fuerza de choque al sostener la caída libre de un niño de 15 kilos y el otro de 30 kilos aproximadamente? Por pura física, esa fuerza de choque deforma la materia porque la energía no se disipa si no que se transforma, y ahí llegaron las lesiones. No tenían manera de calcular antes el golpe ni el resultado. Querer es poder, definitivamente. Ninguno de los protagonistas de esta historia tenían forma de verificar si el otro era confiable, pero lo hicieron sin tanto cavilar. La vida de estos niños son resultado de la confianza que todos se tuvieron: la confianza que los vecinos se tuvieron unos a otros, la confianza de los niños frente al grupo de vecinos, la confianza que el niño menor le tuvo al niño mayor. Fue una cadena de confianza la que impidió que estos niños yacieran fríos e inmóviles; o visto desde otra óptica, fue esta cadena de confianza la que permitió que estos niños volvieran a nacer.

¿Cuánto confío en mí? ¿Cuánto confío en el otro? ¿Cuánto confío en lo divino? ¿La mente juega y nos encadena para hacernos pensar que no somos capaces de hacer algo que la saca de su statu quo? Nuestro orgullo nos impide confiar porque nos hace sentir más que el otro o el otro menos que nosotros, y nuestra ignorancia nos hace creer la mente suprema del universo, nos creemos dioses, y por tanto confiar en algo inmaterial es una pérdida de tiempo, pues si bajo mi pensamiento tengo controlado el destino, ¿para qué debo confiar en algo que me trasciende? ¡Somos tan inconscientes, tan egoístas!

Alguien me dijo alguna vez que confiar es una decisión. Yo no creo que la tomemos con mucha frecuencia. Vivimos en relación con otras personas y partimos de la desconfianza casi siempre. A mí me pasa, por ejemplo, cuando vienen a gritar afuera del edificio pidiendo plata, familias enteras, más de una vez al día, con sillas y entables. Ya me suena premeditado el negocio. Ya no confío en la veracidad de sus quejidos y lamentos.

Si queremos transgredir nuestros límites debemos confiar en nosotros, si queremos lograr algún día atisbar en lo divino, tenemos que confiar en su presencia, orden, y benevolencia. Si queremos aprender a vivir con otros, debemos aprender a escuchar nuestra percepción e intuición sobre quién y cuándo confiar en el otro. Este episodio en Francia nos dio una lección magistral de poner en manos de otros, de desconocidos, nuestra vida. ¿Acaso soy yo la desconocida, es el otro, es el Ser Supremo? Tengamos el coraje de los niños para lanzarnos sin controlar el resultado. Soltar nuestras aprehensiones nos permitirá ser acogidos por nosotros mismos, por unas manos inesperadas a la vuelta de la esquina, por el despertar a la consciencia de que la huella divina está en todo cuanto nos sucede, en todo cuanto nos rodea.

“Mientras andas el camino de la vida, verás un gran abismo. Salta. No es tan ancho como crees.” Proverbio nativo americano

Aquí les va el enlace:

https://www.facebook.com/605545973301212/videos/31309074603266

Día 138: Ubuntu

“Umuntu, nigumuntu, nagamuntu”

" Una persona es una persona a causa de los demás” Proverbio Zulú

En una tribu africana del país del arco iris, alguna vez un antropólogo propuso un juego a sus niños. El juego consistía en que le ponían una canasta llena de frutas debajo de un frondoso árbol, mientras los niños a una distancia considerable debían hacer una carrera por ese suculento manjar. El vencedor probaría el dulzor de esas exquisiteces. Para sorpresa del doctor que proponía el experimento, cuando dio la señal de que la carrera empezaba, los niños se tomaron las manos y corriendo así enlazados, alcanzaron la sombra del milenario árbol y la canasta colorida y olorosa estuvo al alcance de todos. ¡Juntos se sentaron a disfrutar la tan anhelada merienda, se saboreaban los colores! Mientras el antropólogo, no saliendo de su asombro, les preguntó que por qué se habían agarrado las manos, la respuesta al unísono del grupo de chiquillos fue “¡UBUNTU! ¿Cómo uno de nosotros podría estar feliz, si todos los demás están tristes?”

En un país pluriétnico, en donde el 80% de la población es negra, donde se hablan once lenguas oficiales (¡nosotros en Latinoamérica somo 23 países hablando la misma lengua oficial!), donde el 20% de la población tiene SIDA, donde el segregacionismo utilizó la educación y los derechos desiguales como forma de perpetuarse, es ahí donde UBUNTU, como concepto, liderado por Mandela y su gobierno, logró reconstruir las relaciones de una sociedad no sólo cultural ni lingüísticamente homogénea (se imaginan, el transporte público, los servicios públicos, la educación, la salud...), sino también marcada por el dolor de la injusticia y la desigualdad. Muy seguramente, la historia para un Bóer (un blanco) estará relatada en afrikáans y linos, y para un nativo estará narrada xhosa o en zulú, y estará enmarcada por el ejemplo que les da la naturaleza, el respeto por sus leyes, por su inherente jerarquía, por su armonía, por su hegemonía. Era una crisis insuperable. Odio y venganza de los oprimidos solo crecía. En esta historia, Mandela trajo a Boers a trabajar con él en su tarea de reunificación. En palabras de Roelf Meyer, Mandela jamás se vengó contra sus captores, por el contrario, pasó años estudiando cómo pensaban para poderlos entender. ¡UBUNTU! Meyer siempre encontró en Mandela un hombre entregado a su rol comunitario, con modestia sirviendo a su idea de unión, con sus actos generosos y empáticos lo resignificó todo, hasta el Rugby!

Occidente se ha encargado de mostrarnos a los africanos como negros ignorantes con taparrabos. Es parte de su estrategia, para que ellos pudieran perpetuar su control sobre el oro y los diamantes que de ese país se extraían. Hoy en día, ese mundo “tan subdesarrollado” logró darnos una lección insuperable. Hoy se pueden sentar a la mesa juntos personas de color, de religión, de origen, de tribu distintas. Aún más, entendieron que la dignidad de unos depende de la dignidad de los otros.

En Colombia, para algunos nuestra historia es digna de olvidar, o al menos eso es lo que hacemos con los jóvenes: no contarles las cicatrices de esta guerra sin sentido, pero de la que como pueblo debemos aprender. Nuestra historia de conflicto no surge de nuestras lenguas distintas o que seamos culturalmente diversos; nuestro conflicto surge por el abuso de poder de unos o por la opresión de otros. Nuestras guerrillas, bajo el sofisma libertario, utilizaron medios amenazantes para ganar adeptos, o al menos para neutralizar contradictores. En su imaginario, las ideas, por sí mismas, carecían de fuerza suficiente. ¿Dónde estaba el otro? En Colombia hablamos la misma lengua, somos rojos o azules, somos de derecha o de izquierda. Llevamos a cabo un proceso de paz desde la constitución política, pero no desde una transformación ética y de valores profundas. ¡Colombia sigue sin perdonar a quienes secuestraron y cegaron tantas vidas!

¿En qué se diferencia el período de “la Violencia” o el período de la guerra de guerrillas, con lo que hoy estamos viviendo? Hoy vemos un lenguaje divisorio, la izquierda queriendo hacerle ver a un electorado joven y sesgado por la falta de información que sus banderas trabajan por la justicia. La derecha haciéndole el quite a las voces populistas para abogar por un polifónico técnico. El país dividido en fanatismos porque Uribe está en la cárcel, ya sea porque se lo merece en la óptica de algunos, o con dolor de patria porque este servidor público deberá pagar injustamente casa por cárcel mientras Santrich toma vino añejo con unas buenas tapas. En el asalto de esta semana Uribe cayó a la lona a causa del jab de izquierda que Cepeda le propinó.

Aprendamos a no olvidar nuestra historia, aprendamos de la historia de otros pueblos que superaron el segregacionismo en su máxima expresión para enfocar su transformación, en darle paso al egoísmo y pensar en el otro aún diferente a mí, como objeto de mi servicio. Yo no gano si todos no ganamos. ¿Será que la Corte Suprema de Justicia de este país entiende esto, será que las acciones de Cepeda tratándose de vengar, con razón o no, no generan más venganza?

Que UBUNTU se convierta en el sustrato de nuestro cambio. Esto sí que es cierto, ahora en medio de la pandemia. En vez de gritarle al otro porque le increpó por su falta de tapabocas, deberíamos entender que, si el otro se enferma por causa mía, al final el que se enferma soy yo. Señores, no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla. La vida es un suspiro. No perdamos el tiempo en ahondar las diferencias ni en agresiones. Somos seres sociales, y como tales tenemos una responsabilidad ignorada por todos de ayudarle al otro, así haya sido mi ofensor, de perdonarlo así me haya hecho daño, de entender su historia porque con seguridad algo me enseñará. La vida no se trata de política, la vida se trata de realizarse como seres humanos, y ese realizarse no depende de banderas ni partidos, depende de imprimir en cada acto el amor, la ética y la justicia. Resignifiquemos nuestras relaciones por difíciles que sean. Hoy por ti mañana por mí.

Día 146: ¿Discordia o unión?

Una niña se asoma de una ventana del edificio de enfrente, ella con su capa, haciendo fintas, me observa fijamente, mientras yo montada en el simulador (de bicicleta) le digo adiós. Ella sin dudar agita su mano, sonríe, emocionada me hace ver que ella es toda una princesa, me hace reír un poco; en medio del agite de la escalada a Richmond, su ilusión me habita. Al mismo tiempo, en otro balcón veo a una mujer joven que organiza una mesita, poniendo una planta en su centro y ubicando de manera adecuada una jarra de café, las tazas, los platos, las sillas. Todo impecable a la espera de la llegada de su amado. ¿Qué ambicionamos como individuos y como sociedad? ¿La niña se creía princesa, lo soñaba o lo era? ¿La joven mujer quería mostrar su amor a su esposo con la disposición armoniosa del espacio que iban a compartir? Y yo, por mi parte, ¿pedaleando hacia dónde? ¿Cuál era mi destino, cuál era la meta?

Esta semana he estado un poco conmocionada aquí en Medellín por las renuncias de las juntas directivas de EPM y Ruta N. ¿Por qué? Los miembros de las juntas directivas adujeron que el alcalde tomó decisiones de gran envergadura para las empresas sin haberlos tomado en cuenta, siendo ellos quienes tienen la responsabilidad legal del direccionamiento de las empresas. Todo un “golpe de estado”. La versión del alcalde de Medellín es que él no confiaba en esa junta, hablando sobre la de EPM. ¿Acaso él no la ratificó? Aquí el punto no es si EPM debía demandar a sus constructores o no, en relación con Hidroituango. Pero, dicho sea de paso, la verdad esa demanda tiene poco sentido, ya que Mapfre, la aseguradora, ya había aceptado reconocer el siniestro, porque era un caso fortuito y no era previsible el hecho. Aún hay pagos pendientes. ¿Mapfre le seguirá pagando a EPM sabiendo que el dueño de la empresa piensa que los constructores tuvieron la culpa? ¿Creen ustedes que a “los pobres” de esta ciudad los beneficia más que “unos ricos” ocupen la junta directiva o la sostenibilidad de largo plazo de la empresa? Lo primero que he de decir es que no acepto de un dirigente azuzar el encono social, la división. Utilizar como pretexto la diferencia de clases para un flagrante abuso del gobierno corporativo, de una empresa que le sirve a toda la comunidad, es indignante. Ha promovido una desinformación profunda. Su jugada estuvo premeditada, ya que hace unos meses presentó ante el Consejo de la ciudad un proyecto para modificar los estatutos de EPM. Le tocó retirarlo; ¿y donde me dejan ustedes tener nombres listos para una nueva junta al día siguiente de la renuncia de los actuales miembros? Hoy, la consecuencia de que sus intereses políticos prevalecieran sobre los intereses de la comunidad que lo escogió, so pena de haberlo elegido enarbolando las banderas de ser “independiente”, son sensibles para el futuro de esta ciudad. El alcalde birló la institucionalidad, el gobierno corporativo, y puso en una posición de extrema fragilidad a la empresa que es vital para las finanzas de esta ciudad. Ya Fitch y Moody´s revisaron sus calificaciones, por obvias razones, diciendo que el principal riesgo para las empresas era la visión del propietario de esta. ¡Toda una quijotada! Hay que meter mucho las patas para que los cuatro alcaldes anteriores, que no se pueden ni ver ni sentar en una mesa, estén de acuerdo. ¡Increíble!

Yo no quiero hablar de política, pero sí que reflexionemos sobre la ambición. Para mí, el episodio que les acabo de narrar de lo acaecido en Medellín se parece a Macbeth de Shakespeare. No sé si se acuerdan de la trama de la obra, pero en resumidas cuentas Macbeth se encontró, de camino de regreso de una batalla, con tres brujas que le dijeron tres profecías, dentro de las cuales decían que él sería rey, y a Banquo su compañero de gestas, que en su descendencia habría reyes. Para hacer la historia corta, Macbeth, instigado por Lady Macbeth para cumplir la profecía de ser rey, mató al Rey Duncan con el consecuente exilio de los hijos del Rey Duncan. Lady Macbeth, al ver la debilidad de su esposo, además de matar a los criados del Rey Duncan, decide incriminarlos y teñirlos de sangre. Igualmente, Macbeth decide matar a su amigo Banquo, ya que le mortificaba saber que en su descendencia habría reyes, tal como lo habían profetizado las brujas. La cuota de sus actos ya cobraban en la salud mental de Lady Macbeth, quien lavaba machas de sangre imaginarias en sus manos, mientras en Macbeth su culpa lo hacía ver el fantasma de Banquo. Todo esto lleva a Macbeth de nuevo al encuentro con las brujas, preocupado por su futuro. Ellas conjuran tres espíritus y vuelven a darle tres profecías, para tranquilidad de Macbeth. Sin embargo, lo que no se imaginaría Macbeth es que las profecías de las brujas resultarían engañosas. Macbeth pierde su trono en franca lid y resulta asesinado. El hijo del Rey Duncan es coronado de nuevo.

A Macbeth lo cegó la ambición de ser rey. No le importó incriminar, asesinar y afectar a las personas a su alrededor, incluyendo a su amigo. Su consciencia, y la de su esposa, estaban intranquilas. Sin embargo, no había cómo remover ese remordimiento, y buscaba en oráculos su tranquilidad. Muere engañado por aquello que él creía le daba sosiego. ¿Los medios justifican el fin para los que ostentan el poder político? Yo me pregunto, ¿cuál es el verdadero poder? ¿No creen ustedes que es aquel que tiene cada uno, cuando le cede el espacio al nosotros por delante del yo? Puede no ser mala fe, pero se es responsable de nuestros actos a pesar de nuestra ignorancia. El verdadero poder está en actuar con la consciencia limpia y sin remordimiento, con bondad y con justicia. Como Macbeth, todos pagaremos nuestros errores. No hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla. No debemos consultar, como Macbeth, brujas ni cartas; debemos consultar nuestro gran maestro que está en nuestro interior, allí tendremos nuestra brújula. Nuestra debilidad no se puede disipar acusando ni incriminando al otro, sino enfrentándola con compasión y con voluntad férrea. Actuar sin pensar, motivados por el miedo, es una fórmula para hacernos daño y para hacerle daño al otro.

La ambición nos impulsa, nos puede llevar a gestar cambios en nuestro interior. Puede ayudarnos a sembrar transformaciones en nuestro entorno. Pero también nos puede hacer sucumbir, cuando nuestro egoísmo polariza la ventana a través de la cual vemos la realidad. La niña en esa ventana me hizo soñar, me hizo recordar lo que se sentía personificar en la niñez a nuestros personajes: éramos héroes, doctores, cajeros de supermercado, sacerdotes, mamás, papás, policías, bomberos. Con la imaginación se recreaba una realidad alterna. Utilicemos la imaginación como puente para imaginarnos diferentes, para definir el rol que queremos jugar en esta sociedad en que vivimos. Pero, sobre todo, imaginemos que somos respetuosos del otro, no engañemos al otro por su falta de información. El sistema es inequitativo, pero nosotros podemos darle el lugar a cada cual con nuestros actos, si verdaderamente actuamos desde el amor. Tenemos que estar muy atentos para no traspasar la frontera en la que la ambición que gesta lo impensable se convierte en la ambición, que entierra a la humildad, que nos ubica en el pedestal, que nos vuelve la verdad revelada.

Seamos responsables de nuestros actos, y como dice el gran maestro Francisco de Asís:

Oh, Señor, hazme un instrumento de tu paz.

Donde haya odio, que yo lleve el amor.

Donde haya ofensa, que yo lleve el perdón.

Donde hay discordia, que yo lleve la unión

Donde hay duda, que yo lleve la fe.

Donde haya error, que yo lleve la verdad.

Donde haya desesperación, que yo lleve la alegría.

Donde haya tinieblas, que yo lleve la luz.

Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar;

ser comprendido, sino comprender;

ser amado, como amar.

Porque es:

Dando, que se recibe;

Perdonando que se es perdonado;

Muriendo que se resucita a la

Vida Eterna.

Día 167: En sus marcas… listos… FUEEERAAAA!!!!!

Todos los participantes de la carrera se precipitan por la línea de salida, cada uno, claro está, portando la insignia que lo distingue como corredor de esta maratón. Nada más llevar la insignia es motivo de orgullo, ya que no cualquier persona clasifica a la carrera. La hora tan anhelada por fin ha llegado, los corazones laten de la emoción, la música intenta acallar el remolino que transcurre en las mentes de los participantes. Todos muy emperifollados con los últimos juguetes para medir su desempeño, audífonos inalámbricos, y ni les digo los tenis que llevan, dignos de un correcaminos de los de verdad, verdad. ¿Lograré mis tiempos personales? ¿Alcanzaré la meta o moriré de deshidratación? Todos conocen las reglas, correr 42 kms. y hacerlo en el menor tiempo posible. Algunos corren por causas sociales, otros por su propia causa o por una reivindicación Lo que es inobjetable es que no es un deporte de equipo, de lo que se trata es de vencer a los demás que están tan bien preparados y aperados como tú.

Mientras en algunos lugares del mundo dan el pitazo de salida, en otros la atención se va a Messi y su reversazo a su decisión de irse del Barcelona, a propósito de deportes colectivos. Y a las manifestaciones que buscan acabar con la monarquía y con el uso del tapabocas. ¿Será que nos perdimos la entronización de su majestad el tapabocas? España, enfrentándose al segundo pico de la pandemia, agotados por la carrera, buscan a toda costa no enfrentar los efectos de su festejo de verano en las playas atiborradas de bañistas locales y nórdicos que se echan su escapadita anual, para rostizarse al mejor estilo ibérico.

¿Han tenido ustedes la oportunidad de ver una catarata? Pues yo recuerdo, cuando tenía 15 años, ir a ver las cataratas del Niágara. Para mi sorpresa, cuando se ven desde arriba, se ve la fuerza del agua en esa caída libre, se oye el solo de un percusionista único en su clase. Desde arriba se ve una nube cuando se mira hacia abajo. ¡Sí! ¡Una nube! Si uno se acerca en el bote, se interna en la nube y no puede mirar hacia arriba, todo está cubierto por esa densa capa de humedad que no permite ver el punto en que el agua se despide de la tierra. Para que me entiendan: ¡de abajo no se ve lo de arriba y de arriba no se ve lo de abajo!

Así nos está pasando hoy. Colombia entera está corriendo la maratón. Sin embargo, me quedan muchas dudas que las personas sean conscientes de las reglas del juego de la carrera. El pitazo de salida se convierte, guardadas las proporciones, en un florero de Llorente. Es un grito a la libertad, a la independencia, al anonimato. Las reglas para muchos son simples: tengo que salir a trabajar, a ganar dinero; para otros, debo salir porque tenía que hacer esto otro, hace mil años; para otro grupo, la razón es que tengo que salir porque no veo la hora de ver a mis amigos. Lo sorprendente es la amnesia colectiva. A todos se nos olvidó que estuvimos casi seis meses enclaustrados por un virus que no se ha ido. Ahora todos corren con vigor, ignorando que son presos de un sistema que los obliga a salir a ganarse su sustento, a pesar de los peligros para la salud. Y obviando un datico relevante, y es que esta es una carrera de fondo, es una carrera de largo aliento y parece que estuviéramos corriendo los 100 mts. planos de la mano de Usain Bolt. Estamos enceguecidos debajo de una nube que no nos permite observar el origen de la caída de agua, y tampoco nos permite comprender que más allá del estruendo hay un arco iris que se dibuja cuando se colorea la humedad por el sol. Los españoles están corriendo la última mitad de la maratón, y se están dando cuenta que no tenía sentido ignorar la presencia del coronado virus, ya que muchas personas están abandonando la gesta, y se está poniendo en tela de juicio si la carrera debe continuar o si más bien se pide regresar a la cuarentena.

Vivimos en comunidad, por ende, no podemos creer que la vida es una carrera individualista. ¿Acaso creen ustedes que una cayena abre sus hermosos pétalos sin intervención de sol ni del agua? Nuestra vida tiene sentido en función del otro, del otro como reflejo mío. Hoy escribo haciendo un llamado a la cordura, a la mesura. En una carrera lo importante es autorregularse, es conocer el ritmo y la cadencia que nos permitirán llegar a la meta. Lo importante es saber por qué y para qué corro. ¿Por qué huimos raudos y veloces al sosiego de nuestros hogares? ¿Para encerrarnos como ratones de laboratorios en centros comerciales, creyendo falsamente que con una compra todas nuestras infelicidades se van a desaparecer?

Mi pregunta de hoy es si debemos concebir nuestra libertad presos del mundo y sus sistemas, o si debemos parar y mirar desde la ventana los aguaceros caer y esperar que el sol salga en cada uno de nosotros. La libertad no está dada porque el presidente Duque emita un decreto. Nuestra capacidad de crear no está limitada por las paredes. Nuestra posibilidad de dar no está cercenada por el distanciamiento físico. Yo tomé la decisión de no correr, sino por el contrario de parar. De vivir la libertad oyendo a Nahuel Pennisi, de vivir la libertad viendo a un ser querido sonreír o llorar, de vivir la libertad no presa del dinero, sino de la magia, la belleza y la armonía que vive en cada cosa a nuestro alrededor. La verdadera libertad no la vemos, ¡la sentimos!

Día 187: Frenesí

Como dicen los sabiondos, hemos vuelto a la nueva normalidad. Yo la verdad no sé qué significa eso de la nueva normalidad. Dejando de lado que sigo en cuarentena estricta, y veo la barahúnda por lo que transmiten nuestros independientes medios de comunicación, la realidad se muestra aún más desgarradora. No me aguanto, para serles sincera, ni a terminar los titulares de los noticieros colombianos. Me asombra que, así como creemos que todo tiempo pasado fue mejor, creemos que todo tiempo futuro será mejor. ¿Cómo será nuestro futuro diferente si no hacemos nada por él en nuestro presente? No basta si no ver las matanzas de personas de a pie, como dirían las abuelas, por cuenta de abusos de la fuerza “armada”. ¿Qué legitima el uso de un arma de fuego para cegar la vida del otro? A los civiles los llaman homicidas, a los militares por tener un uniforme parece que estamos acuñando una nueva acepción. El punto aquí se trata de que reflexionemos que cuando estábamos en medio del confinamiento nos vanagloriábamos de cómo la realidad iba a cambiar. ¿Lo ha hecho? ¿Hemos cambiado nosotros?

Mientras la violencia se escala, el mundo está como caballo desbocado, vale decir que sin tapabocas. Es pues el episodio de una serie de suspenso de la mejor calaña. La posibilidad de que un virus inexplicable le ponga zozobra a nuestras vidas se enmascara con la crueldad de otros flagelos que como sociedad tenemos enquistados. El mundo se resiste al confinamiento manifestando en las calles con pancartas y todo, por absurdo que parezca, mientras que los ministros de salud advierten de la seriedad de la amenaza. Los alcaldes de las ciudades antagonizando con los gobiernos centrales, además de buscar ser la voz del pueblo, buscan minimizar el impacto económico de sus comunidades (para la muestra Madrid y Bogotá). Buscan el heroísmo que compra votos. Qué sistema en el que vivimos, que terminamos olvidando las motivaciones iniciales de un confinamiento para darle paso a la prosperidad, que terminamos olvidando al otro ser humano por darle paso a mi propia abundancia y seguridad. España se debate en esta dicotomía, y la población colombiana corre desbocada al inexorable encuentro con un rebrote digno de alfombra roja. Tenemos miedo del futuro porque sentimos que estamos solos, y sentimos que sin seguridad económica no vamos a sobrevivir. El ideal que perseguían las personas de una comunidad neolítica que habitó Malta era el de ser obesos, porque vivían llenos de restricciones y limitaciones alimentarias. ¿Cuál es nuestra limitación que refuerza nuestro ideal? ¿Cuál es nuestro ideal? Si no que lo responda el sobrino de Pablo Escobar, que se dedicó a buscar una caleta por tantos años que, finalmente, se encontró con 18 millones de dólares hecho trizas por la humedad. ¿Para qué gastó su tiempo por unos papelitos con dibujitos?

Y mientras tanto, hay seres humanos batiéndose como titanes en UCIs, hay otros que se esfuerzan hasta el cansancio por hacer que esos guerreros que libran sus batallas regresen sanos y salvos a sus queridos que añoran su regreso. Hay otros que se duelen por una desaparición, por un asesinato, por una amenaza, por el hambre, por la soledad, por ser discriminados. Todos y cada uno de nosotros tenemos que sobreponernos a las pruebas que nos pone la vida. Todos y cada uno de nosotros, de una manera u otra, nos tenemos que tomar nuestra pildorita. Todos tenemos que ser, para los que les gusta el deporte, como ese tenista que está en la final de un grand slam y va dos sets abajo. Él no sólo tiene que remontar los dos sets, sino que debe ganar el quinto si quiere coronarse campeón. Esa es su prueba de fuego. A Thiem, el último campeón del US Open, le tocó jugar horas y horas para vencer a su contrincante cuando todo indicaba que iba a perder.

¿No creen ustedes que las fotos de los seres queridos, o unos dibujitos hechos por niños, hacen que las personas en las UCIs aceleren su mejoría? ¿No creen ustedes que, para la hermana de la joven asesinada en el Cauca, escuchar el sollozo de la mamá del militar que le disparó, y poderse abrazar compartiendo su dolor, no fue un bálsamo para la amargura que ambas sentían?

Mientras, todo parece inmutable afuera, como colectivo. Nosotros como individuos tenemos el lienzo listo para el primer pincelazo. Al imaginar el resultado, la mano se dirige hacia el color indicado, a la textura indicada, a la mezcla indicada. Hay tantas obras de artes como personas. Para unas el pincel es la paciencia, para otros es la perseverancia, para otros es entender sus defectos, para otros es la humildad. El trazo se vuelve milagroso porque le empieza a dar vida a un espacio vacío. El amor y la compasión son el color. ¿Cómo pretender hacer una composición sin una inspiración? ¿Qué sentido tiene nuestra vida si no es en relación con otra persona, con una flor, con un pájaro, con un amanecer, con una mascota?

¿Qué sintió Thiem al revertir el marcador? ¿Qué siente un paciente que sale de la UCI al ver a sus enfermeros y camilleros llorar? ¿Qué sienten los familiares de un desaparecido al conocer su paradero? ¿Qué siente un anciano en un asilo cuando alguien lo visita? ¿Qué sienten las personas con hambre cuando piden y no son ignoradas?

Que sea el momento para citar a Calderón de la Barca, cuando en Segismundo nos recuerda:

“...pues estamos

en mundo tan singular,

que el vivir sólo es soñar;

y la experiencia me enseña,

que el hombre que vive sueña

lo que es, hasta despertar....

Yo sueño que estoy aquí,

de estas prisiones cargado;

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.”

Día 209: Eclosión

El sol sigue haciéndonos su despliegue de belleza, los arreboles nos quitan la respiración al verlos. Los ciclos de la naturaleza siguen su curso y no han sido interrumpidos, como tantas cosas, por la pandemia. El otoño llegó para algunos, la primavera para otros, los días se acortan o se alargan a la espera de los solsticios. La hormiga arriera trabaja incasable por cargar una hoja y llevarla a su casa. Las corrientes marinas hacen sus trazos y marcan el ritmo de la travesía de los cardúmenes. Los vientos se arremolinan, se calman, se elevan, nos refrescan, nos avisan, nos recuerdan. La pequeña hoja que nace de un abedul le permite a un escarabajo resguardarse del clima. Todo se mueve, todo sigue su ritmo, todo tiene su tiempo. Hasta la quietud se mueve dentro de nosotros, y nosotros nos transformamos dentro de ella. Y la lluvia, cómo olvidarla, ella con su magia se lo lleva todo y permite que después de una temible tormenta eléctrica todo refulja. ¿Cómo no agradecer cada día y su movimiento?

Llevamos casi 7 meses de un hecho que estremeció nuestras rutinas. Yo sigo viendo esos movimientos de la naturaleza desde mi balcón. Sentada en un banquito, veo a lo lejos las montañas que resguardan el valle en donde vivo, observo las golondrinas jugar plenas en la mañana, a las avionetas creerse golondrinas, el sonido de un estornudo incontenible de un vecino que se mezcla con la alaraca de los motores de la avioneta. Veo las nubes amontonarse a lo lejos, como hinchas en un estadio de fútbol a la espera del cotejo; luego las veo dispersarse súbitamente como resultado de una estampida en el escenario deportivo. Mi gato repite una y otra vez su rutina de dormilón consumado, que alterna con sus ansiados paseos a su coca de comida. Las historias de nacimientos, muertes, enfermedades, recuperaciones milagrosas, de sonrisas y llantos, de desasosiegos y de esperanzas. De todo, como en botica, se presenta en este teatro.

En ese movimiento perenne, nosotros nos apegamos al statu quo. Nos creemos la idea de que podemos reversar, sostener o imponer nuestro deseo frente a los vaivenes del devenir. Somos los artífices de suposiciones infundadas y sobre esto construimos el imperio de nuestras existencias. Ustedes podrán pensar que la ola ni siquiera se imaginaría que moriría al llegar a la orilla, o que a la nube juguetona la tomaría por sorpresa desgarrarse cuando terminase de cargar. La ola no muere, su contorno lo marcará siempre esa frontera de burbujas que se duermen en la tierra, y la nube siempre existirá en la plantita que nace de la semilla en eclosión. ¿Por qué insistimos en ignorar aquello que conocemos?

Cuando desde la ventana se observa el movimiento de lo que nos rodea, nos obliga a pensar que este también se refleja en nuestros ritmos y ciclos. ¿Se lo permitimos? O simplemente la incomodidad que nos suscita la imagen de lo que creemos ser nos encarcela y no nos permite dejarnos llevar al son de esa melodía que tanto resuena en nosotros. Debemos trabajar de forma incansable para eclosionar. Salir de las membranas que nos inmovilizan, de los juicios que nos paralizan, de las palabras que nos imposibilitan, de los pensamientos que nos arrodillan. ¿No creen que valga la pena ser Jacques Cousteau y surcar las profundidades de nuestros mares? En ese caso, tenemos que ser como los delfines y las ballenas que son felices tan solo por existir, tal como nos lo recuerda nuestro aclamado marino. Nos convertimos en el explorador y lo explorado, en lo conocido reconocido, en lo amado y protegido.

Al salir de nuestro resguardo encontraremos que todo se mueve, pero disfrutaremos de esos cambios de estación; el miedo cederá el paso al asombro, el brote germinado se vestirá de gala, con la ayuda del sol se elevará, su tronco se ensanchará, su follaje se volverá tupido y algún día florecerá. Con toda seguridad, albergará nidos, acogerá insectos, será columpio para monos y trampolín para ardillas, y sin duda el pájaro carpintero se esmerará en marcar el ritmo de los días y a hacer de su tronco una obra de arte.

La eclosión se da cuando le damos calor a nuestra alma, cuando como buen guionista desentrañamos a los personajes de la obra, cuando buscamos hacer el bien, cuando nos examinamos y decidimos apostar por los movimientos que transforman nuestra vida y la de otros, cuando apostamos por evolucionar, por crecer, por dejar la seguridad de la casa materna y aceptamos que la vida y sus aparentes encrucijadas son tan solo pretextos para robustecer nuestra determinación a la búsqueda de esa plenitud que todos en los profundo anhelamos.

Y como dijo Sócrates a los atenienses en su apología, antes de ser sentenciado a muerte:

“.. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.”

Día 216: De arqueros y dibujantes

No importa si el mundo te ignora, no importa si el mundo te insulta, no importa si el mundo te separa, no importa si el mundo señala, no importa si el mundo te agrede. Importa si por lo que te ignora el mundo trasciende. Importa si por lo que te insulta el mundo ama. Importa si por lo que te separa el mundo une. Importa si por lo que te agrede el mundo reconcilia.

Vivimos en la Torre de Babel. Lo que decimos se malinterpreta. Vivimos con tanto ruido en nuestras mentes y vivimos tan a la carrera, que mientras el otro habla, estamos pensando cómo debatirle su idea o simplemente no le escuchamos. Luego se vuelve un juego de egos. El ganador es aquel que no se doblega al otro y cree falsamente ser portador de la verdad. Nuestras acciones o palabras son pasadas por un tamiz, el prejuicio. Y de ahí se construye la epopeya que sustentará la argumentación que nos hará ganar el juego. Nunca pensamos si tenemos la información completa que apalancó una decisión determinada por parte del interlocutor. Lo que creemos escuchar lo encajamos perfectamente como un lego en el espacio de nuestros preconceptos. Así, todo queda de maravilla: lo que era una casa de una planta se convierte en un edificio. Por lo tanto, al tener más “aire”, como dicen por ahí, todo queda ilusoriamente validado y le permite al susodicho lanzar un aplastante juicio que puede cambiar el curso de nuestras vidas. La distancia que se crea entre la realidad y la percepción es abrumadora. Nos convertimos en jueces versados en las leyes de la injustica, sin declararnos impedidos por estar inmersos en un flagrante conflicto de interés.

Hoy vale hacer toda la conjugación del verbo criticar. Me critico, te critico, se critica, nos criticamos, os criticasteis, se critican. ¿Qué obtenemos haciéndolo? Somos tan ciegos, y a la vez tan severos, que a pesar de ignorar sistemáticamente el efecto de nuestras palabras en el caminar del otro, continuamos impartiendo justicia. Y somos tan inconscientes que pasamos por alto que esa palabra dirigida como flecha al cordero es un búmeran. El arma dirigida al otro termina devolviéndose con toda determinación e igual letalidad al arquero.

Que nuestras palabras no hieran, que nuestras palabras no invaliden, que nuestras palabras no rompan, que nuestras palabras no maten. Que nuestros sueños se mantengan intactos a pesar de un no, que nuestra esperanza se edifique más fuerte a pesar de puertas cerradas en nuestras narices, que nuestra decisión de intentar no sea enterrada por el golpe certero de la almádana. Que la severidad se convierta en perseverancia por lograr eso que tanto anhelamos. Que la casa con aire creada por los demás no sea tenida en cuenta, siempre que apostemos como Escalona a hacer una casa en el aire solamente pa’ que vivas tu.

Que nuestra voz no se esconda. Que nuestras palabras no se disfracen para satisfacer la percepción del otro. Que nuestras palabras no sean cinceles que esculpan una escultura inánime. Que nuestras palabras no nos confinen a una isla inhabitada, y como un náufrago los días se pasen pensando en cómo regresar. Que la vida no se nos pase esperando el avión como Tattoo de la Isla de Fantasía. Mickey Mouse nace porque Walt Disney no renunció a hacer sus caricaturas mientras servía como conductor de ambulancia para la Cruz Roja en la Segunda Guerra Mundial, porque siguió insistiendo a pesar de despidos y quiebras, porque decidió experimentar con la técnica de animación en su casa, porque nunca se dio por vencido.

No importa si el mundo te ignora, no importa si el mundo te insulta, no importa si el mundo te separa, no importa si el mundo señala, no importa si el mundo te agrede. Importa si por lo que te ignora el mundo trasciende. Importa si por lo que te insulta el mundo ama. Importa si por lo que te separa el mundo une. Importa si por lo que te agrede el mundo reconcilia.

Día 239: La atarraya

Ella observa a través de una vidriera a su mamá fallecer por Covid. Él ve cómo en una prueba de embarazo que se practicó su señora se pinta la palabra “Embarazada”, y se acobarda al pensar que ahora tendrá más responsabilidad. Ella suspira al celebrar la vida, advirtiendo el paso del tiempo al cumplir un año de un trasplante de médula, y poder celebrar con una torta roja la hemoglobina que hoy su cuerpo produce. Ella se persigna dándole gracias a Dios por haber encontrado la casita en el campo en la que tanto soñaba vivir. Ella celebra sus 78 años bailando en la calle al ritmo de Carmen de Bolívar al mejor estilo de una banda de venezolanos, con vino, el abrazo de su perro y su hijo, una sonrisa… que más se puede pedir. Ella lucha con rehacer su vida luego de una separación. Él trata de quitar el lodazal de enfrente de su casa mientras se repone, porque la tormenta dejó inservible todos sus muebles y enseres. Ella se monta por primera vez en una bicicleta, con la ayuda de su hermano, luego de la amputación de una de sus piernas.

Desde el 1103 observo cómo este entramado de eventos se desenvuelve. Mientras los unos bailan, los otros lloran; mientras los unos conciben una vida, los otros luchan por su vida; mientras los unos hacen sus sueños realidad, los otros hacen de su realidad un sueño. Ni el más digno guionista pudiera incorporar en una sola composición tantas líneas narrativas sin ningún sobresalto ni gazapo. La belleza no solo está en la cantidad de las líneas narrativas, sino en que, como una atarraya que se lanza al voleo, las historias se unen, y que anudadas las unas a las otras se sostienen y soportan más allá de su propio peso. Pueden pescar, pueden dar alimento, pueden resguardar, pueden quedarse suspendidas en el agua al vaivén de las corrientes del amanecer. El pescador nunca suelta la atarraya. La fuerza de la atarraya está en su tejido. El pescador es el testigo de la magia de la atarraya y, a la vez, el artífice de su baile, de su arrullo, de su silencio.

Cada una de esas historias me han tocado de una u otra forma en las últimas semanas. En mi atarraya ellas se tejen. En tu atarraya ellas se trenzan. Tu historia me hace, me nace. Mi historia te mece, te crece. ¿No es este el sentido de nuestra existencia?

Hay miradas que se esculpen para siempre en la memoria por su fuerza anímica, hay otras que se añoran sin atisbo de regreso. Hay miradas que rompen el silencio con su tonada. Hay miradas que brotan y sinceran hasta al más mentiroso. Hay miradas que dan la bienvenida, que llaman a la puerta, que juegan, que conquistan, que con picardía, derriban barricadas. Hay miradas que son oasis, hay miradas que son una bayoneta, hay miradas que son almíbar, hay miradas que son aciagas. Hay miradas que imploran compasión; hay otras que, por el contrario, se acorazan de orgullo. Hay miradas que se inundan en desesperanza y otras que son como el amanecer soleado después del paso de la tormenta. Aquí recuerdo la rima XXIII de Bécquer, que escuchaba con frecuencia en mi niñez, que dice:

“Por una mirada, un mundo,

por una sonrisa, un cielo,

por un beso… ¡yo no sé

qué te diera por un beso!

Día 259: Entre zánganos y perfumes

Las abejas se arremolinan alrededor de las flores del jardín. Sin tapujos, rompen los esquemas y dibujan sus viajes en el viento, en la supuesta invisibilidad del aire. En medio del jolgorio se desgaja un aguacero que las hace salir despavoridas a resguardarse de tal violento encuentro, baten sus alas sin resistencia y buscan con seguridad el camino más corto para llegar a la colmena, donde podrán calentar sus cuerpos y quitarse la ropa húmeda. Ellas no miran para atrás, pues no hay tiempo que perder; se enfocan en llegar a su anhelado refugio.

¡Tanto tenemos que aprender de las abejas! Ellas saben hacia dónde se tienen que dirigir, saben cuál es su rol y aporte a su sociedad, cumplen su cometido sin “peros”. Ellas no conocen su ignorancia ni anhelan ser la reina porque solo hay una. Son zánganos u obreras, aun así pasan por alto el impacto de su dedicado esfuerzo y ni se les pasa por la cabeza que le dan alimento a tantos. Nosotros, que nos creemos una especie superior, deberíamos observar a ese combito de bichitos vestidos con un enterizo amarillo de rayas negras, que zumban y zumban, y ofrecen la mismísima vida por asegurar la supervivencia de sus familiares y amigos.

Que si el huracán de Providencia, que si las casas quemadas de Cartagena, que si la inundación por las lluvias, que si el virus llegó a tu comunidad, que si los refugiados huyen de sus hogares en busca de seguridad y sustento para sus hijos, que si los desplazados de la violencia empiezan de nuevo, que si las víctimas son héroes o villanos. ¿Y nosotros qué hacemos?

Nosotros hemos olvidado que vivimos en comunidad. Falsamente, creemos que nuestra supervivencia depende de lo que atesoremos, así eso implique hasta la muerte de otro ser humano. Omitimos de forma sistemática la necesidad del otro, solo perseguimos nuestro bienestar. ¿Y será que lo que buscamos como bienestar es lo que en el largo plazo nos lo dará? Vivimos perdidos, todos nos consideramos obreros cuando somo zánganos, algunos se resisten a su realidad de zángano para volverse el rey o la reina. No ejecutamos nuestras labores por estar hurgando en nuestras memorias, pidiendo perdón o pidiendo permiso. Rompemos el equilibrio de la colmena porque no respetamos las leyes universales del dar y del recibir. Somos obtusos al no comprender que el foco de nuestra vida trasciende, como las abejas, las fronteras de la colmena. Utilizamos nuestros aguijones para hacer doler al otro, en vez de dar nuestra vida por el otro. Desconocemos que tenemos que buscar la flor más dulce y excelsa, esa que nos alimenta el cuerpo y el alma.

“¡Qué maravilloso es que nadie necesite esperar ni un solo momento antes de comenzar a mejorar el mundo!” Anne Frank

Día 273: Plerosis

Velas encendidas, faroles engalanados de colores, música festiva, pólvora ardiendo, viandas autóctonas haciendo su agosto: para unos, arepas fritas y carimañolas; para otros, buñuelos, natillas y hojuelas. Las reuniones familiares están a la orden del día, los amigos también buscan un pretexto para cantar juntos “...dulce Jesús mío, mi niño adorado, ven a nuestras almas; ven, no tardes tanto...”. Siempre hay un motivo para encender esa vela, un motivo para agradecer, un motivo para añorar. El olor de la cera de las velas se mezcla con el rocío de la madrugada en la costa, o se mezcla con las frías noches del interior del país, en todo caso, el calor de las costumbres irrumpe hasta el más frío resquicio de nuestro hogar.

Pero este año todo fue diferente. No nos pudimos reunir como de costumbre a compartir, a vivir los sonidos, olores y colores de la Navidad. Es una Navidad que a muchas familias les recuerda la ausencia de un ser querido, o porque el Covid lo hizo partir o porque la pandemia los separó. Es un año de distancia, de angustias y miedos; es un año en que tantas tantas personas, de una u otra manera, sufrieron. Así que, si hoy estás leyendo este blog, dale gracias a Dios por el milagro de la vida, por el milagro de compartir con tu hijo, nieto, esposo, esposa, amigo, amiga.

Para mí, hoy es un día especial. Hace un año que estoy en tratamiento para la esclerosis, con esa inyección que me manda a la lona un fin de semana entero, y la verdad creo que es el momento para compartirles algo de lo que he aprendido con esta dosis quincenal: el miedo acompaña a lo incierto; para nadie es un misterio, pero lo cierto es que el miedo se puede vencer si se acepta lo que nos toca vivir. Como dice Desmond Tutu, la persona que tiene coraje no es aquella que no tiene miedo, sino aquella que vive, que actúa, a pesar del miedo. Y como todo camino, lo único que podemos hacer es enfocar nuestra energía en dar el siguiente paso. Con frecuencia, me preguntan hasta cuándo me pondrán la droga, y como no lo sé y los médicos ven que es para largo, les respondo que los médicos dicen que para siempre, pero que yo no lo creo. Por lo tanto, la pregunta es cómo decido enfrentar el reto quincenal. Y aquí viene el segundo gran aprendizaje de este camino, y es que el dolor es una puerta que puede resignificarlo todo, que te vuelve más consciente del sentirse bien y a plenitud; por tanto, cuando me siento bien exprimo los días hasta su última gota. El dolor es el maestro para enseñarte que, a veces, es inevitable, pero que puedes darle un sentido a esos 72 días al año que debes estar recluida, acostada, superando la fiebre y el malestar. ¿Me preguntarán si abatida? La respuesta es que no. Como buen maestro, me ha hecho comprender el gran poder que tenemos en nuestro interior; el gran poder de la mente para llevarnos de paseo al mar, a escucharlo, a olerlo, a ver su serenidad en la madrugada, mientras mi cuerpo combate con la fiebre, el dolor y el insomnio.

El poder de pensar en el otro fue revelador para mí. Entonces, cuando me siento mal, pienso en tantas personas en hospitales, cuidados intensivos, discapacitadas, en tratamientos invasivos, trasplantes que también, como yo, deben enfrentar el reto de superar el dolor. Lo que he aprendido es que el quid está en no pelear con el dolor, en aceptarlo y utilizar esos días para pedirle a Dios por las personas que tienen pruebas más fuertes que las que yo vivo. Es quitarle el foco a mi malestar y relativizarlo frente al dolor de los demás.

Y este año sí que ha estado lleno de historias anegadas de lágrimas. Por tanto, siempre he estado bien entretenida. Si pienso que es una pérdida de tiempo, lo es. Si pienso que esos 6 días al mes son una escuela para que mi corazón se sintonice con el dolor del otro, es un gran regalo.

El tercer aprendizaje es: si pienso que me va a dar duro la aplicación, me da tres vueltas. Así que la mejor amiga y aliada para esta prueba soy yo misma. Si me considero víctima, le doy el poder a mi alter ego para que cave la tumba, aun estando viva. Si decido vivir, debo exiliar todos los pensamientos que me obligan a pensar que estoy enferma. Como me dijeron en unas de las primeras citas de mi nueva profesión “paciente”: hay enfermos y enfermedades.

Al final, por qué le tememos tanto miedo a vivir, por qué tratamos de eludir el dolor, por qué no valoramos los simples y grandiosos momentos en que podemos dar, amar, sentir. Hoy le doy las gracias a la vida por la esclerosis múltiple. Les cuento que la redefiní: si juegan con las letras se dan cuenta que la esclerosis múltiple esconde que es mi plerosis. Para los que se pregunten qué es plerosis, etimológicamente viene del griego plerosis, “regeneración”, y se compone de “pleon”, que significa pleno, mucho, y de “osis”, que significa conversión, impulso. Es decir, la esclerosis, ya denominada plerosis, es para mí un recorderis del impulso que nunca puedo perder por buscar la plenitud, por aprender cada día, por regenerarme cada día, por convertir cada segundo de mi vida en tiempo con sentido.

Que en esta Navidad ustedes busquen la plenitud, comprometiéndose con el otro, con el amigo, con el que conoces, con el que no conoces, porque al final todos buscamos la felicidad que a veces se nos muestra escurridiza. El año se cierra, así que, como los balances en las empresas, los invito a que no sigamos esperando un año más para hacer lo que nos soñamos, para dar lo que somos, para agradecer lo que recibimos sin merecer, para vivir con sentido cada segundo de nuestra existencia.

Feliz Navidad a todos y espero que el año 2021 nos permita borrar la palabra separación del diccionario y nos permita abrazar y besar a quienes están en nuestro corazón. Que sea la oportunidad para agradecerles a todos sus comentarios, sus palabras de aliento, su compañía.

¡Cantemos!

“... Dime que me quieres

Dime que me quieres

Que me adoras mas

un año que viene

y otro que se va

un año que viene

y otro que se va

traigo un ramillete

traigo un ramillete

de un lindo rosal

un año que viene

y otro que se va

un año que viene

y otro que se va

vengo del olivo

vengo del olivo

voy pa’l olivar

un año que viene

y otro que se va

un año que viene

y otro que se va...”

CANTARES DE NAVIDAD

Día 357: El pastorcito mentiroso

“¡Cójanlo! ¡Cójanlo!”, gritaban los feligreses en pleno ayuno. El amado pastor los hizo creer que Jesucristo iba a volver, que para verlo tenían que ayunar y entregar todos sus bienes. Luego de lograr el acervo de forma meticulosa y dar entrevistas a los medios de televisión colombianos, el pastorcillo mentiroso tramó y asestó su huida al paraíso terrenal, con yate y amiguito incluido. La Casa de Papel es mero pasquín al lado de la magistral escapada. La Interpol se lo pillará con toda seguridad rastreando sus viandas en el yate: suero y butifarra importados de Quilla...”¡Aja, tú sabes!”

La verdad, me impresiona que hace menos de un mes decíamos que el 2021 todo iba a ser diferente, mientras, nadando en la indiferencia, llenábamos centros comerciales y celebrábamos todos unidos. Veinte días después, las UCI en muchas partes del país sin capacidad. Y de pronto, tantas personas conocidas, amadas, amigos de los papás y papás de los amigos, navegando a contracorriente. En algún momento de este mes alcancé a contar al menos 20 personas conocidas infectadas.

No sé si les está pasando a ustedes. No sé si ustedes oren. Pero cuando, en silencio, le empiezo a pedir a Dios por las personas que conozco que están sufriendo de algún modo u otro, ya la lista está tan larga, que con frecuencia se me pega la dendrita, y me toca verme abocada a hacer una generalización que agrupe a un combo de personas, para no excluir a nadie. Ya tengo más categorías que antes. Y no sé si se han dado cuenta, pero una categoría nos lleva a pensar en otras. En fin, descubrí lo ensimismada que he vivido, lo indolente y lo poco compasiva que he sido. He vivido sin ser consciente de la magnitud del drama del otro, me he pensado víctima al estilo del valle de lágrimas... pura paja… son muchos muchos más los que tienen cargas más pesadas que yo. Solo es necesario abrir los ojos y los oídos.

El sufrimiento de tantos relativiza el nuestro, las angustias de tantos vuelven insignificantes las nuestras. Mientras, nos lo recuerda un pasaje budista ¿Por qué sufrir si podemos cambiar las cosas y por qué sufrir si no podemos cambiarlas? Mientras estemos vivos, tenemos la oportunidad de ponerle al mal tiempo buena cara, de ser feliz a pesar del sufrimiento, de experimentar la magia del perdón y la aceptación.

Les pregunto: ¿Qué quisieran ustedes que se dijera en la ceremonia para celebrar su partida de este mundo? ¿Qué están haciendo para lograr eso por lo que aspiran ser recordados? Yo por ejemplo, quisiera, entre otras cosas, ser recordada como alguien que siempre intentó ayudar a los demás; y tú, ¿a dónde pones tus apuestas? Espero que no seas recordado por ser el pastorcillo mentiroso. Yo apuesto por ti, porque si tú haces moñona todos la haremos, ¡todos celebraremos!

“Lo escogí a usted porque me di cuenta que valía la pena, valía los riesgos, valía la vida”

Pablo Neruda

“Si tuviera que volver a comenzar mi vida

intentaría encontrarte mucho antes”

El Principito

Día 365: El viaje del barranquero

La tarde cae... las nubes galopan la inmensidad como si estuvieran buscando un lugar donde pudieran resguardarse de la intemperie. El botón de la flor sigue su danza de apertura. El Barranquero se posa en una estaca de madera; desafiante de la oscuridad e inmóvil, observa el devenir. Es hora de ocultarse y él sigue erguido sintiendo la sinfonía de bienvenida a la noche, con cantos, castañuelas y el zumbido propio del bosque en ebullición. El Barranquero decide volar hacia allí, donde la orquesta de avezados músicos diminutos interpretan la belleza personificada. En ese lugar, a pesar de la oscuridad y la poca visibilidad, se siente en casa, seguro y a salvo de sus depredadores.

Dentro de la casa, la llama de la vela se contornea con la más mínima corriente de aire. Su calor y presencia toma el lugar, y sí, al son de grillos, ranitas y luciérnagas, ella también vuela hacia donde su ser se expande. Nosotros, espectadores de tal majestuosidad, más grandes en tamaño, pero incapaces de fundirnos en el movimiento perenne de lo que nos rodea, inspirados y coloreados por el halo de su llama, también como el Barranquero volamos sin saber en el silencio a ese lugar que nos recoge, que nos da calor, que nos resguarda de la intemperie, que nos invita a sosegarse, donde solo debemos vigilar nuestros pensamientos, donde no podemos presumir o fingir, donde nuestra raza, peso, color o preferencia son fútiles, donde solo se puede estar presente.

Ignorantes somos al pensar que no tenemos un poquito de nube, un poquito del botón de la flor, de Barranquero, de grillos, luciérnagas y ranitas, de una llama de una vela... del otro que nos ama, del otro que nos hizo daño, del otro al que herimos. Del instrumento que somos en esta composición imposible de ser escrita.

¿Acaso no somos hombres en busca de sentido, como diría Víctor Frankl? Todos vivimos experiencias diferentes: unos tienen un tumor cerebral que le tienen que extirpar y luego vivir un proceso de quimioterapia, a otros le deben hacer resección de una parte del páncreas por un recién diagnosticado cáncer, otros imprimen su ser en las composiciones musicales o en sus cuadros, otros se levantan en busca de su pan de cada día, otros caminan huyendo de la violencia a lugares desconocidos, otros viven entre barras por errores pasados, otros viven enterrados por la culpa, otros batallan contra la discriminación, otros sufren pérdidas de seres amados, otros padecen discapacidades y dependen de terceros. En fin, en este mundo las historias son inimaginables.

Víctor Frankl, habiendo experimentado el horror Nazi en un campo de concentración, escribe lo siguiente:

“Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre mantiene su capacidad de elección. (…) Quizás no fuesen muchos (hombres), pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino.”

“Considerar nuestra “existencia provisional” como algo irreal constituía un factor primordial para que la vida se les fuese entre las manos a los prisioneros, porque todo se revestía como carente de sentido. Tales personas olvidaban que, en multitud de ocasiones, son las circunstancia excepcionalmente adversas o difíciles las que otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo.”

Yo me pregunto cada día si en efecto estoy decidiendo mi propio camino o si soy alguien que asiste a una película y ve su trama detrás del telón y no la personifica. O si, por el contrario, mi indecisión me aleja de mi sueño, o mi mirada miope tergiversa tanto mi percepción de la realidad que decido no actuar. A veces me pregunto si el miedo me inmoviliza tanto que no me permite ser como ese Barranquero que sereno desafiaba la noche y sus peligros, o si mis oídos se cierran tanto a no escuchar lo que a gritos todo lo que me rodea me señala. Y ni qué decir en la pandemia, en donde la distancia física nos separa del otro. ¿Sí estaré andando mi camino o simplemente estaré viendo cómo se delinea en el horizonte deshabitado? ¿Será que me siento tan diferente y separada que no logro adentrarme en la magia que cada ser que nos circunda nos enseña?

“¡Oh, cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se quiere acabar!”, dice Séneca. Si realmente queremos alcanzar la inmortalidad que anhelamos, asumamos la brevedad de nuestra existencia, y asumamos cada segundo como una gran oportunidad de que nuestro espíritu crezca, de dar el siguiente paso en nuestro camino, de ser coherentes, de revestir de sentido nuestra existencia, así sea un domingo de pereza.

Tenemos cada día la oportunidad de fundirnos con el movimiento que nos rodea, de volver a casa, siendo la brújula ese lugar de sosiego que nos invita la luz de la vela en la noche fría. Tenemos la oportunidad de sentir que en la noche hay belleza, hay armonía, hay sentido, hay AMANECER. Decidamos asumir la noche como pasajera y el viaje hacia el alba como cierto.

Día 373: El remolcador de empuje

No sé si tuvieron la oportunidad de ver en las noticias que esta semana anunciaban la muerte de Dick Hoyt, quien corrió 32 veces la Maratón de Boston y 6 Iron Man (la carrera de triatlón más exigente de todas). Pues hasta ahí sonaría como una hazaña loable de un obsesivo compulsivo del ejercicio. Pero esta no es la historia. Dick realizaba todas estas hazañas de resistencia remolcando a su hijo Rick, quien nació con parálisis cerebral, quien no podía hablar y únicamente podía voluntariamente mover las rodillas. Cuadripléjico de nacimiento, a Rick no se le auguraba más que la acuñada frase de “vegetal”. Se comunicaron por más de 10 años interpretando el movimiento de sus ojos. En vista de ver la coherencia de sus pensamientos, sus padres fueron a la Universidad de Tufts para que le diseñaran una computadora que pudiera enunciar las frases dictadas por Rick al golpear su cabeza. Un tiempo después lograron empezar a comunicarse a través de la computadora adaptada, y así un día, de la nada, le dijo a su papá, ya de 40 años, que quería que juntos corrieran una pequeña carrera de 5 millas, a lo que su papá accedió sin reparo. Así empezó la historia de un héroe que adaptó la silla de ruedas de su hijo para poder correr los 42 kms. de las maratones, que ubicaba a su hijo en un bote inflable con una cuerda vinculada a su cuerpo, mientras nadaba en las triatlones; un héroe que adaptó la silla de ruedas movilizada por su pedalear sudoroso en sus travesías en bicicletas, y que mientras hacía la transición de disciplina, y no siendo ya de por sí retadoras las pruebas físicas del Iron Man, a contrarreloj se cargaba al hombro al hijo, para ubicarlo en el siguiente dispositivo y así continuar juntos su aventura.

Este hombre de hierro, pensaría uno, transpiraba con la única motivación de que su hijo volviera a sentir aquello que experimentó luego de culminar la carrera de las 5 millas: “Papá, cuando corro, siento que no soy una persona discapacitada”. Este hombre venció los límites del cansancio, venció su propia mente, por brindarle a su hijo la liberación de sentirse preso de un cuerpo inerte. En una entrevista que le hacen luego de terminar una Maratón de Boston y de pulverizar los tiempos, afirma que él no tenía interés alguno de correr solo, que la velocidad que lograban viene de algo que emanaba del cuerpo de su hijo: “el atleta es él”.

¡Dibújenmelo, que yo lo coloreo!

Día 411: Salvoconducto

Empiezo por contarles que me dieron un salvoconducto para salir de la detención intramural por 4 días. ¡Aún no sé cuál fue la causa del permiso, si fue por buen comportamiento o por salud mental, pero lo que sí es cierto es que pude deambular por aquí y por allá, coger un avión y hasta ver el mar! ¡Mentiras, puras mentiras! Los estoy engañando, la verdad fue que salí en busca de Pfizer, el nuevo superhéroe americano, y por fortuna tuve mi encuentro cercano.

Pero en lo personal, el hito para mí fue ver y sentir al mar. Me metí cual cachaca con blue jeans remangados, pero eso importó poco, para sentir el juego del agua y sus corrientes, oler el salitre, saltar y reírme cuando las algas me hacían cosquillas de vez en cuando y poder echarle un vistazo al horizonte. Era el atardecer y se percibía su felicidad, le estaba diciendo adiós al día con todos los juguetes. Un gran pez saltó un par de veces, unos pajaritos blanquitos con alas grises hacían fila como niños de escuela en pandemia, con la distancia requerida, a comer el alga que se arremolinaba en la costa, mientras el majestuoso pelícano planeaba con libertad para aprovisionarse de una buena cena, y cuando la divisaba: ¡Chuplundum!

Comprenderán ustedes el asombrarse de la sinfonía que presenciaba. Sonaba como se veía, como diría mi profe de cello. Muchas veces le había dicho a mi mamá que lo que quería era ver el mar, y ahí estaba respirando su inmensidad, agradecida por el salvoconducto. Pasé del 1103 donde el horizonte eran los ladrillos del edificio de enfrente, donde la algarabía no era porque la naturaleza estuviera entonada sino porque los taladros de una obra rompían el piso y la tranquilidad de todos.

¡Y aun así, he de confesarles que no todo es como se ve!

¡Y aquí viene la frase cliché que faltaba! “Es que la pandemia me cambió”. Salir después de un año de estar confinada, con muy poco contacto físico, con una rutina determinada, a tener que estar alrededor de muchas personas, algunos desafiando el uso de las mascarillas, jugando a dos manos entre el celular y el gel antibacterial, ahogándome por tener doble mascarilla y lámina de protección, estaba como una digna Teletubi. No fue nada chévere la experiencia.

Así que me pregunté esos cuatro días de libertad condicional, si realmente era el exterior lo que condicionaba mi libertad o si, por el contrario, será que durante un año no fui consciente de que el encuentro con mi libertad no está condicionada por paredes y ladrillos ni por salvoconductos. ¿Será que buscaba salir del 1103 como un mecanismo para no entrar en mí?

Así que cuando te dan esa opción de ver el “afuera” te das cuenta de que, a pesar de la belleza, de ver cosas diferentes, todo carece de sentido si eso no se conecta con ese mundo, de donde nacen las canciones, los poemas y las oraciones. Es como estando fuera del 1103, sentía que el exterior carecía de sentido, que donde estaba verdaderamente feliz era en mí. Era el juego de los contrasentidos: entre más contacto con el exterior mayor era el llamado del interior.

Al final, parece que somos nosotros los que decidimos condicionar nuestra libertad o hasta a veces nos decidimos reos de la cárcel que nuestra propia mente y sus juicios erige. Comprendí con este viaje de encuentro con Pfizer que el viaje en donde tenemos plena libertad nunca debe cesar, y que éste no está condicionado por las circunstancias externas. Nuestra apuesta por nuestro espíritu no depende de encierros ni de pandemias, depende de nuestra voluntad. Hasta nuestro último suspiro debemos apostar por sentir la plenitud del mar dentro de nosotros, sentir el asombro por sus misterios, apostarle a zambullirse en él, bailar en sus entrañas, cantar con sus ritmos, orar con su íntimo.

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